martes, 23 de agosto de 2011

Salí del metro y la lluvia era muy fuerte.

Todo iba mal. El metro no avanzaba, porque el torrencial monzón veraniego hacía que las llantas fuesen resbaladizas y peligrosas. 11 minutos de Balderas a Juárez, y los rostros de quienes atiborraban el vagón del metro denotaban una desesperación inconmensurable.

Salí sólo para ver que la lluvia seguiría inundando mi ánimo...

Pero me senté en el piso y me puse a leer, como si estuviera en una biblioteca pública. La gente pasaba frente a mí, con el cansancio a tope mientras yo leía a Roncagliolo escribir sobre un tal Roncagliolo.

Y el paisaje gris se iluminó cuando un muchacho sacó su violín, y se puso a tocarlo justo frente a mí. Dejó de llover, pero en lugar de levantarme del piso e irme, decidí quedarme ahí un rato más a seguir leyendo.

3 comentarios:

Blogger Pechocho dijo...

wow, eso lo imaginé como una escena de película de Jean Pierre Jeunet... o video de Belle & Sebastian.

Sí. La lluvia cuando toca, toca. Y si te agarra a medio camino, o le corres o simplemente la disfrutas y te mojas. Y si estás bajo lonita, no hay nada como observarla o dejar que te murmure.

Saludos. Y espero conocerla pronto ;)

vladimirvl dijo...

Me gustó! ojalá me pase algo así en el metro, por lo general a mi me toca ir de pie estrellado contra alguna puerta o en medio de dos señores gordos ja...pero el cuadro que dibujaste en mi cabeza, ese sí es agradable.

Jönh A.C. dijo...

Qué envidia. Cuando a mí me agarra la lluvia en el metro, sólo pasan los de la mochila/bocina con charanga a todo volúmen. ¿Cómo le hacen para pasar entre el tumulto? Quién sabe. Pero lo hacen.

Saludos, Karlyle. Necesitamos otra reunión de miércoles por la noche.