martes 6 de diciembre de 2011

Memoria

Jacob Burckhardt, historiador suizo especialista en el renacimiento florentino, decía que la Historia es el mejor escape del presente, de un presente desalentador y convulso. Yo estoy de acuerdo con el, aunque también pienso que recopilar memoria, sí, recopilar memoria es precisamente lo que dota al presente de algún sentido.

Más allá del oficio de la Historia, de mi oficio, yo quiero esforzarme por traer los bolsillos llenos de mi propia memoria, de experiencias que le den un sentido a las formas que veo, a los ruidos o la música que escucho y a las texturas que rozan mi piel.

Quiero recordar perfectamente las comisuras de la piel, la textura de la voz y los movimientos característicos de quienes están… y de quienes se van.

Y no olvidar jamás a quienes ya se fueron.

Tío Andrés, voy a acordarme incluso de las cosas que no conocí de ti porque tengo infinidad de relatos tuyos, de cuando tú eras joven y yo no había nacido. Casi puedo verte cantando en una banda, escalando una montaña y enseñándole a mi papá a reír.

Te prometo que siempre voy a recordar a tu gato siamés, a tu perico que sólo sabía decir “puto” y al columpio que coronaba aquél jardín grande y verde. Voy a guardar bien la imagen de la cena de Navidad, cuando colgabas del perchero a tu hijo más pequeño, al que nombraste igual que mi papá. Va a permanecer siempre tu sonrisa gigante, maquillado del guasón haciendo reír a toda la familia.

Y en especial te recordaré recibiéndome en tu casa en mis días de juventud descarriada, cuando con sorpresa ví que una foto de tus sobrinos, incluyéndome a mí, adornaba tu sala.

Tío, me da tristeza saber que algo en tu vida no iba bien, que nos extrañabas mucho a todos, que querías estar más cerca y que no pude ir a tu funeral.

viernes 18 de noviembre de 2011

Bolígrafo


La semana pasada me encontré un bolígrafo. Fue un hallazgo sumamente afortunado porque apareció en mi vista repentinamente, en una tarde calurosa mientras me dirigía a la biblioteca sin ningún instrumento con el cual escribir. Por eso fue un golpe de suerte verlo ahí, tirado en el piso y abandonado a su suerte.

Al principio temí recogerlo, porque creí que probablemente su dueñ@ inicial podría estar cerca, verme levantarlo del piso, y reclamarme violentamente mi pretensión de robo flagrante. Pero en tres segundos tomé la valiente decisión de olvidarme de ese temor, y logré la hazaña de rescatar la vida en riesgo de aquel solitario bolígrafo, que podría ser aplastado por algún distraído caminante desinteresado por las letras que éste resguardaba en su tubo interior.

Deben ustedes saber que todo bolígrafo tiene un tubo interno, que aunque a simple vista parece irrelevante, en realidad es fundamental porque ahí están contenidas un montón de ideas. Cada vez que una persona toma un bolígrafo, éste cobra vida y comienza a expulsar los trazos que tiene guardados. Pero la verdadera magia inicia cuando esos trazos inconexos toman forma de letras que luego se convierten en palabras, que a su vez conforman frases o hasta párrafos completos!

Por eso no podía permitir que las letras que estaban dentro de ese bolígrafo fueran asesinadas por el anónimo caminante, así que me atreví a recogerlo y fui inmediatamente a la biblioteca para saber lo que contenía. Emocionada, tomé el bolígrafo con mi mano derecha y lo puse en una hoja de papel para que comenzara a hablarme. Fue entonces que descubrí con mucho asombro que la pluma tenía en su tubo interno un montón de palabras que, coincidentemente, estaban relacionadas con las cosas que yo estaba pensando en ese momento: las relaciones iglesia-Estado a mediados del siglo XIX.

Pensé, cuando comenzó a sacar sus letras, que la mejor forma de estudiar era escuchar con atención a aquél flamante bolígrafo al que le salvé la vida.

sábado 24 de septiembre de 2011

Luz de Luna artificial

Prender la luz es un acto que aprendí desde la infancia, e implica únicamente mover una pequeña palanca empotrada en la pared, para que la electricidad pueda correr por los minúsculos alambres que hay dentro de una bombilla. Aún cuando durante milenios la humanidad estableció su ciclo vital con relación a la luz del sol, a mí me tocó nacer en una época en que se puede vivir también de noche. Así que no hay razón alguna para dormir cuando hay oscuridad: una bombilla encendida gracias a un movimiento de mi dedo índice me permite continuar vi-viendo en la penumbra.

Cuando llegué al cuarto desde donde escribo estas líneas, el techo estaba coronado por un simple foco eléctrico de 100 wats. La luz que irradiaba era brillante y potente como la del Sol porque, al igual que éste, producía su brillo mediante calor. Entonces no era luz, sino calor, energía pues, lo que en las noches me permitía ver la pijama que me pondría para dormir y abrir las cobijas.

Poco a poco me percaté de que ese foco presenció el proceso de construcción de este cuarto, porque tenía algunas manchas de cemento y pintura azul. Seguramente los albañiles que trabajaron aquí se iluminaban con esa misma luz cuando el Sol verdadero se ocultaba por completo. Pero los focos no son eternos, no señor. Un buen día los minúsculos alambres que estaban dentro de la bombilla no soportaron más el paso de energía, y se rompieron justo en el momento en que moví la pequeña palanca empotrada en la pared.

Me quedé en la penumbra una noche, y sin poder leer.

Pero al día siguiente, para no tener que desvanecerme en el sueño en cuanto la oscuridad cayera, cambié aquél foco testigo del nacimiento de mi cuarto por uno incadescente. El mecanismo de este nuevo aparato no es dar luz mediante el calor, sino que irradia una luz fría y plateada, como la de la Luna. El ambiente es muy distinto con el frío de una lámpara incandescente, porque hay un tono grisáceo en todo lo que me rodea y mi ojos perciben las sombras mucho más débiles. Pareciera que esa luz abarca todo mi cuarto, como si no fuera de arriba hacia abajo y más bien se desplazara en todas direcciones. Muy distinta es la luz de calor del foco eléctrico, que es fuerte y vertical, y produce una sombra muy marcada.

El frío de mi foco incandescente me acompaña esta noche en que acaba de entrar el otoño y mis cobijas comienzan a tornarse insuficientes para que mi cuerpo logre calentarse. Y así recibiré luego el invierno, con un frío que inicia desde el foco incandescente que me ilumina como si fuera una pequeña Luna en el techo de mi cuarto.

martes 23 de agosto de 2011

Salí del metro y la lluvia era muy fuerte.

Todo iba mal. El metro no avanzaba, porque el torrencial monzón veraniego hacía que las llantas fuesen resbaladizas y peligrosas. 11 minutos de Balderas a Juárez, y los rostros de quienes atiborraban el vagón del metro denotaban una desesperación inconmensurable.

Salí sólo para ver que la lluvia seguiría inundando mi ánimo...

Pero me senté en el piso y me puse a leer, como si estuviera en una biblioteca pública. La gente pasaba frente a mí, con el cansancio a tope mientras yo leía a Roncagliolo escribir sobre un tal Roncagliolo.

Y el paisaje gris se iluminó cuando un muchacho sacó su violín, y se puso a tocarlo justo frente a mí. Dejó de llover, pero en lugar de levantarme del piso e irme, decidí quedarme ahí un rato más a seguir leyendo.

viernes 19 de agosto de 2011

El mago del lenguaje

Me pregunto ¿qué habrá sido del pasado de un hombre como él, que manejaba a la perfección los adjetivos y subjuntivos mientras hablaba con una velocidad increíble? Me abordó por detrás, y me preguntó si conocía a algún estudiante de la ENAH que estuviera interesado en estudiar nahuatl. Ni tiempo me dio decirle que no, cuando ya estaba a mi lado hablando y parlando y diciéndomeunmontóndecosas.

-El conocimientomanejodominio de otro lenguaje distinto al español, ya sea inglésfrancésalemán siempre te ayudará a incrementaraumentarconsolidar todas tus ideas -me decía-. El problema es que las personas suelen olvidar el mestizaje y sus raíces, y consideran que el mundo occidental es lo que los llevará a un mejor nivel de vida. Todos somos ignorantes, pero hay algunos menos ignorantes que otros. Yo te puedo enseñar la lengua de nuestros ancestros, y no lo hago solamente para obtener una ganancia económica, sino porque amoreconozcoadmiro mis raíces y es importante difundir nuestra verdadera identidad. Si no conoces a nadie interesado yo puedo enseñarte a ti donde quieras y a la hora que quieras, porque aunque puedes estudiar la lengua en otro lugar yo puedo acomodarme a tu horario y si quieres puedo ir a tu biblioteca o a cualquier lugar.

Y yo escuchaba.

-Nos conquistaron y seguimos siendo admiradores de cosas que no son nuestras. El nahuatl es una lengua hermosa que puede morir porque no se valoraapreciaconserva y los que la conocemos debemos rescatarlahablarlaenseñarla y evitar que muera. Tenemos que saberentendercomprender que si dejamos morir una lengua se muere una parte de la mexicanidad, que no todos saben apreciarreconocerentender y se juntan a ver el futbol y gritan ¡Viva México! cuando no saben ni siquiera que nuestros ancestros ya jugaban otro juego de pelota que era sagrado. Por eso quienes nos mandangobiernanordenan se aprovechan de que no hay conocimiento de nuestro pasado y nuestra historia y si no lo saben están fatalmentecondenadosdestinados a sufrir de la pobreza de olvidar el mestizaje.

Y yo miraba sus barbas canas y su sombrero al estilo Iindiana Jones. Los múltiples colguijes en sus manos hacían un poco de ruido mientras manoteaba al hablar. El ritmo al que hablaba era muy rápido, pero el volumen de su voz era bastante mesurado. Calculé que tendría unos 60 años, y que quizá en su juventud fue estudiante de la ENAH, o qué se yo...

- Lo que podemos hacer es que en tus horas libres yo te vaya a buscar a tu facultad o a la biblioteca para que tomes clases una o dos semanas, y luego ya comienzas a pagarme y me recomiendas con tus amigoscompañerosvecinos. Cuando quieras yo estoy aquí en el metro, donde están los teléfonos porque debo hacer una llamada y ahí no es tan caro. De todas formas te puedo esperar y otro día te leo tu carta azteca. Eso te cuesta cincuenta pesos pero no te preocupes si no tienes esa cantidad me puedes dar lo que consideres que vale tu carta azteca. O también puedes decirles a tus amigoscompañerosvecinos que les pueo leer su carta a ellos. De todas formas me voy a quedar a hablar por teléfono aquí ¿Cómo te llamas?

-Karla

-Mucho gusto Karla. Espero piensesconsiderescomentes lo que te digo.

-Disculpe, es que no conozco a nadie interesado y yo no tengo tiempo ahorita porque sobrevivotrabajoestudio, pero si recuerdomeentero de alguien que sí, yo le digocomunicoinformo de esta oportunidad.

-Gracias Karla yo me quedo aquí en estos teléfonos porque son baratos.

-De nada. Adiós!

Me pregunté entonces si este señor manejaría tan bien el nahuatl como el español, y si esa lengua tendría sinónimos suficientes para llenar la boca de este gran personaje, mago de la lengua del colonizador.

[Además me dio curiosidad enterarmesaberconocer, si en nahuatl los desvaríos se escuchan tan bonitos].

lunes 1 de agosto de 2011

Aprendiendo a llorar.

Es muy fácil regodearse en la tristeza. Yo no suelo llorar, porque las lágrimas me dan sed, pero en ocasiones no puedo evitarlo. Es justo en esos momentos cuando disfruto el lento rodar de una lágrima por mi mejilla, porque su suave caricia me va aclarando la garganta poco a poco.

Mis pestañas mojadas se juntan una con otra creando una capa ocular resistente al mundo exterior; se me nubla la mirada, y es entonces que olvido el origen de mi llanto.

Así, simplemente se escurre el pesar hasta un pañuelo. Por eso es muy fácil regodearse en la tristeza.


martes 5 de julio de 2011

Porno mexicano de hace 90 años

La RAE define a la pornografía como el “carácter obsceno de obras literarias o artísticas”, y como suele suceder, el significado “oficial” se queda corto ante los usos que los hablantes, quienes hacemos la lengua, le damos a las palabras. Cuando yo escucho la palabra pornografía, antes de pensar en la “obscenidad” (término por demás subjetivo, que depende de los cánones morales de sociedades e individuos) me vienen a la mente imágenes de genitalización, que hacen totalmente explícita una práctica por demás común y saludable: el sexo. Pero el sexo (aquí se sonrojan las buenas conciencias), lleno de tabúes y secretos, aunque nos hace a todos felices aumentando nuestro nivel de endorfinas, es una práctica que se mantiene en los espacios privados. Aceptamos que cualquiera puede hacer con su cuerpo lo que le venga en gana, siempre y cuando sea en la comodidad de su hogar, hotel o baño de avión, porque de no ser así, se violentaría la “moral pública” sea lo que sea que eso signifique.

Por eso la pornografía es una síntesis de aquello que nos niega la civilización: la de dilucidar lo que se mantiene en secreto; y lo hace de manera explícita con zooms que casi casi rebasan la biología, llevándonos al interior mismo de los cuerpos.

Y en esa práctica vouyerista extrema se aloja la transgresión, la animalización y el instinto salvaje que se asoma gracias a la tecnología. Ahora existe la pornografía al alcance de cualquiera, como un objeto de consumo muy lucrativo que está a la mano con un simple click, gracias a la red y a las maravillas tecnológicas del HD en forma digital. Es más, creo que ahora la pornografía es tan común, que hasta aburre (bueno, supongo que para los púberes es un mundo mágico que podrían consumir hasta el hartazgo). Pero la pornografía, como el reflejo de un instinto primario y relegado a lo privado, es tan elemental que apenas aparecieron formas de grabar las imágenes comenzaron a hacerse escenas de sexo explícito.

Pues tuve la oportunidad de ver pornografía mexicana de los años veinte, y aunque ver tanto mete-saca me pareció aburridísimo, fue interesante ver que aunque el discurso oficial de la época era totalmente recatado y moralino, en especial respecto a lo que se transmitía por el cinematógrafo, había quienes estaban dispuestos a financiar películas totalmente transgresoras de ese discurso. Por ejemplo, historias hilarantes de mujeres que antes de casarse cogen con el sacerdote, o de un fraile llamado “Fray Vergazo”, que obligaba su monaguillo Ventosilla a jalársela mientras dormía y soñaba que cogía con una beata.

Obviamente ese tipo de películas no podían ser transmitidas públicamente. En los años veinte las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas estaban muy preocupadas por resguardar a la población de la “inmoralidad” de las películas extranjeras, en donde bailaban fox.-trott, se besaban y usaban faldas que mostraban la pantorrilla (escándalo!). Así que el encargado del Departamento de Cultura de la Cuidad de México, el músico Miguel Lerdo de Tejada, emitió en 1921 una Ley para regular y censurar cualquier inmoralidad en el cinematógrafo. Incluso ordenó que se pusieran luces verdes en las salas, con tal de que no se hicieran actos pecaminosos en la penumbra. Así que esa pornografía era hecha ex profeso para transmitirse en lugares especiales donde, seguramente, se exacerbaba la inmoralidad y todos los asistentes se olvidaban del pecado y de la voz de su conciencia católica.

Me pregunto, 90 años después, qué pensarían aquellos concupiscentes seres humanos si supieran que esas mismas películas “obscenas” fueron transmitidas en la Cineteca Nacional, máximo recinto del cine de arte del D.F. con todo y pianito en vivo, muy esnob la onda. Y peor aún, qué pensarían si se asomaran por cualquier puesto de revistas actual, atiborrado de porno, o le echaran un ojo a la extensísima variedad que ofrece Youporn.

La transgresión, yo digo, ha estado siempre a la orden del día, y el discurso público se muestra falaz ante una moral escondida, pero bastante open mind, aún hace 90 años.

Fray Vergazo.

sábado 2 de julio de 2011

Moraleja

Los perros suelen dar varias vueltas antes de acostarse porque ponen en duda, incluso, el piso en el que están parados. A veces también rascan la superficie para sentir si existe o no lo que miran.
Si lo pensamos bien, se trata de una actitud muy precautoria e inteligente, porque el acto de dormir implica desvanecerse y "dejarse ir" a un lugar inmanente, abandonando por completo el cuerpo. Y los perros saben muy bien que todo el tiempo que duermen, su corporeidad corre peligro. Entonces, deben estar completamente seguros de que el suelo no los dejará caer hacia la nada, sino que los sostendrá sólidamente, al menos mientras pasean por sueños fuera de la realidad.
Los seres humanos deberíamos seguir su ejemplo, y asegurarnos continuamente de que la realidad es lo que los sentidos nos indican, corroborando con nuestras uñas, si es necesario, que lo que miramos u olemos está ahí y no se desvanecerá en cualquier momento.

martes 28 de junio de 2011

Soy perfecta


Antes de que naciera, modificaron mi ADN. Sabían que podía sufrir severos transtornos hormonales cada mes debido a la menstruación y, afortunadamente, eliminaron la cadena de moléculas encargadas de secretar el exceso de estrógenos que me provocaría dolor en los senos, ganas de comer y melancolía. Pero los genetistas fueron más allá, y además modificaron algunas otras cositas.

Para empezar, decodificaron la carga magnética que enviaba un impulso eléctrico a la parte frontal de mi cerebro, que podría provocarme eso que llaman “tristeza”. Así, me hicieron completamente inmune a los estímulos negativos del exterior, como el bullyng, los insultos y las injusticias sociales. Además, movieron de lugar mi glándula tiroidea, y lograron que estuviera lejos del corazón y más cerca del cerebro. Así, con un leve impulso mental prooveniente de mi cerebelo, puedo controlar mi crecimiento, talla y peso, para tener una complexión física siempre armónica y perfecta.

Los especialistas lograron, además, que mi secreción de dopamina, serotonina y endorfina fuese mucho mayor que la de los simples mortales biológicos. Así, previnieron la posibilidad de que cayera en depresión, además de que aseguraban siempre mi buen ánimo y optimismo. Lo mejor de esta modificación es que lograron que viviera en una felicidad lineal, constante y sonante. Me hicieron proactiva, inteligente, optimista, armónica, proporcionada y, en resumen, feliz.

Por eso yo no conozco lo que denominan “tristeza”. Para mí esa es una palabra hueca y sin significado alguno. Yo no concibo cómo alguien puede pensar que algo no anda bien, o que la vida no tiene sentido. El sentido de vivir estriba en disfrutar la perfección, la estabilidad, la risa, los chistes y la belleza. No concibo cómo alguien puede permanecer impávido ante los rostros amorfos de una pintura de Goya, o sorprendidos ante historias ajenas sucedidas en un inmanente lugar como “Aschwitz”.

Yo no sé a lo que se refierren cuando hablan de indignación ante las violacionesalosderechoshumanos o ante las catástrofesdelmedioambiente. Las focas bebé, por favoooor, hacen excelentes abrigos, y el hielo del Ártico es lejano e intrascendente. No comprendo por qué se preocupan por el hambre de un niño lleno de moscas si sus ojos no denotan más que moribundez. No disfruto con eso que llaman “sufrimiento ajeno”, pero tampoco me importa. Así como no me importa eso que llaman “amor”, porque, sépanlo bien, cuando los científicos modificaron mi ADN concluyeron que el amor es un sentimiento incompatible con la felicidad. Por eso no puedo sentir, y en mi capacidad de no sentir radica mi perfección.


martes 21 de junio de 2011

Foquin tesis

Me tomó practicamente dos años terminar la tesis. Recuerdo que el tema que elegí me llegó como un flashazo, a partir de una lectura (cuyo título ya ni siquiera recuerdo) que hacía en la Biblioteca Central. A partir de ahí mi mente ocupó un importante espacio de sus neuronas en pensar y repensar siempre lo mismo y lo mismo. En aquél tiempo aún era una alumna regular que iba a clases de lunes a viernes con sandwich en la mochila. Un año pasó así: entre pasar materias y recoger información para la mentadísima tesis, hasta que por fin completé los créditos y tuve tooodo el tiempo disponible para terminar rápido, pero... se interpusieron muchas cosas divertidas entre mi tesis y yo, por lo que ésta se guardaba en un cajón casi todos los días, para asomarse sólo de vez en cuando para reclamarme el abandono.

Fue un año entero de diversión al puro estilo nini. Ese periodo de “estar haciendo la tesis” requiere concentración y tiempo. Pero como no hay presiones laborales ni de horarios, es demasiado sencillo no hacer casi nada. Y digo “casi” porque tampoco abandoné la tesis completamente: de repente la sacaba a pasear por alguna biblioteca, o la cargaba en el transporte público. Aún así la dejé un poco al olvido, aunque conseguí que me pagaran por escribirla.

Pero el tiempo se las cobra, y me reclamó en la cara que la haya dejado tan solita y no la mimara lo suficiente. Los plazos y las prisas me alcanzaron, por lo que estuve unos cuatro meses dándole todo lo que no le dí cuando debía.

Pero el verdadero infierno fueron los últimos dos meses, de los cuales apenas voy saliendo.

Fueron dos meses de infierno burocrático. Parece que la Universidad se las cobró conmigo, por haber tardado tanto, y me pidió sellos, firmas, informes, fotografías y fotocopias, siempre bajo el reclamo de mi tardanza y el pesimismo de que no podŕia concluir. Hoy ya acabé. No me he titulado aún, pero al menos puedo olvidarme de la burocracia, eso sí, no sin una que otra lágrima que lloré de impotencia al toparme con una pared durísima que me exigió más perseverancia de la que imaginé.

Ese exceso de burocracia me hizo comprender el fracaso del stalinismo, caray!

miércoles 8 de junio de 2011

Yo voy a ir a la Marcha de las Putas

Mujer de mi tiempo, soy, por ende iconoclasta,

mi espíritu no puede doblegarse ante ningún dogma, y por lo mismo

no juzgo que una idea, por haber surgido de un cerebro reconocido universalmente

como superior, deba aceptarse a priori.

Hermila Galindo.

Conferencia dictada en el Primer Congreso Nacional Feminista, Yucatán, 1916.

La misoginia es histórica. Podríamos rastrear su hipotético origen desde la conformación de clanes y tribus prehistóricas, ya que la fuerza física es el medio más efectivo e inmediato de sometimiento. Ni pedo, los varones son más fuertes. Con el tiempo, esa sujeción determinada por la violencia física, fue aderezándose con ideas más elaboradas acerca del papel que las mujeres debíamos tener en la sociedad.

En el presente, podemos rastrear un sinnúmero de manifestaciones de la misoginia en escritos antiguos. Sin embargo, uno de los pensamientos que históricamente han marcado la pauta para estas ideas, son los que devienen de las religiones. Y como somos hijit@s culturales de Occidente, el cristianismo fue el abrevadero de un montón de ideas que dejaban a las mujeres en una subordinación bien clara. Ya lo decía San Agustín: “Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones”.*

Para el brillante filósofo y padre de la Iglesia católica, las mujeres éramos una tentación malsana, desquiciante, pecaminosa, sucia e irracional. Por eso, consideraba, debíamos mantenernos fuera de la vista masculina, porque los incitabamos al mal, y más que nada, al alejamiento de Dios.

Allá ellos y sus erecciones involuntarias, digo yo.

Pero eso provocó que fuéramos excluídas de los espacios públicos, porque creían que las mujeres nada teníamos que aportar al mundo más allá de las cuatro paredes del hogar o del convento. Se creía que todas las mujeres teníamos una determinación “natural” hacia la procreación y la maternidad, y por lo mismo, incitábamos al pecado. Además, por ingenuas, podíamos ser fácilmente tentadas por Satanás.

Vejaciones, cinturones de castidad, subordinación, violencia, cacerías de brujas, prohibiciones, etc. fueron una constante en el esquema misógino medieval que se trasladó junto con el catolicismo hacia América. Y así pasaron al menos cuatro siglos en los que las mujeres debieron sujetarse a esas ideas, no sin buscar recovecos que les permitieran ejercer ciertas libertades.

Aunque muchas mujeres transgredieron las normas y ejercieron una sexualidad un poco más libre, la hoguera y los azotes eran una buena razón para plegarse y obedecer.

torura

Sin embargo las cosas cambiaron cuando el discurso público se transformó y se tornó laico con el ascenso del liberalismo. Sin la religión como el acicate moral que debía regir la política o las conciencias, las mujeres hallaron un contexto sólo un poco más favorable para exigir sus derechos.

Pero, oh sorpresa, no sólo los religiosos consideraban que las mujeres debíamos mantenernos en el espacio privado para no andar inquietando penes, sino que hasta los hombres más “progresistas” seguían creyendo, ya en el siglo XX, que debíamos guardarnos en nuestras casas para no correr los peligros de las calles y el mundo exterior, además de que ni siquiera teníamos vuluntad propia: “La mujer mexicana no tiene voluntad propia (...) y sigue las órdenes de su esposo, de su amante y de su confesor.”**

Pero ni los políticos iban a poder frenar la inercia del feminismo, que cundía en muchas partes del mundo, incluyendo México. Si bien en un principio las feministas exigieron la posibilidad de votar y de tener las mismas oportunidades laborales que los hombres, se fueron percatando de que la igualdad en la Ley no es garantía de mejores condiciones de vida, o de ausencia de violencia.

Fue por ello que la sexualidad fue ocupando un lugar central en las precupaciones del feminismo: la violencia estaba ahí donde se reprimía la libertad sexual de las mujeres. Y más allá de las divergencias al interior del feminismo (click aquí), en el presente el consenso es la búsqueda de condiciones más equitativas para todos, ya sean hombres, mujeres, indígenas, con capacidades diferentes, niños, niñas, etc.

Por eso hoy reivindicamos nuestro derecho, no sólo de ser tomadas en cuenta en todos los espacios públicos, sino de poder hacerlo sin que los resabios de la misoginia histórica nos hagan vivir con temor:

Temor de salir a la calle y sufrir violencia sexual, temor de no ser como lo dicta el estereotipo que inventó la mercadotecnia, temor de hablar en público y recibir burlas, temor de que nos tachen de putas por ejercer la sexualidad como lo haría cualquier varón, temor de que mis amigos puedan hacer cosas que yo no, temor de que me roben en la calle y hagan con mi cuerpo una película snuff, temor de que crean que me ascendieron en mi trabajo por acostarme con el jefe y temor de ponerme una minifalda y que los incontrolables penes masculinos obliguen a sus dueños a querer violarme.

Vamos a la Marcha de las Putas, el domingo 12 de junio a las 13:30 hrs. de la glorieta de la Palma al Hemiciclo a Juárez.

* San Agustín, Confesiones y De civitate Dei

**Discurso de Salvador Alvarado, gobernador socialista de Yucatán de 1915 a 1917.

lunes 18 de abril de 2011

Beso

En los años veinte, las mujeres solían ver en el cinematógrafo cómo los besos eran el éxtasis carnal de un amor consumado. Una buena película romántica terminaba con un beso artificial, que únicamente sugería lo que podría venir después en la oscuridad de la alcoba. Si bien las lenguas, la saliva y los chasquidos mojados del contacto de cuatro labios no eran mostrados en las incoloras imágenes, el simple roce de dos bocas como centro de un abrazo lánguido y un gesto melancólico, bastaba para estremecer el recoveco cerebral donde estaba guardado y escondido el instinto sexual de aquellas mentes inocentes.

Así, la consabida continuación de un beso apasionado sólo podía imaginarse, mientras en la pantalla aparecía la desagradable frase “The End” que, más que anunciar el fin de la película, recordaba a la audiencia que la colorida pero intrascendente realidad, estaba por iniciar nuevamente.

Únicamente el beso podría simbolizar, sin impudicias, la culminación de la desesperada y accidentada búsqueda del amor. Una historia romántica no podría saberse consumada sino mediante ese contacto primigenio del toque de dos bocas que entrelazaban, con suave humedad, a dos cuerpos ávidos de sentir la intimidad de otro ser. Por eso, el beso era la forma perfecta de dejar bien claro que las traiciones, las dificultades y las angustias acontecidas a lo largo de la película, por fin se habían superado.

Si un hombre y una mujer juntaban sus bocas, su destino quedaba sellado. La hermosa mujer se acomodaba en los brazos del galante caballero, para dejarse guiar suavemente por quien, naturalmente, podría llevarla a perder, por unos segundos, la cordura y el temor. Sus pequeñas mejillas eran acariciadas con pericia por unas experimentadas manos, que tomaban luego el mentón con un poco más de fuerza y lo atraían lentamente mientras sus ojos iban cerrándose poco a poco. El hombre, mientras, agachaba un poco su cabeza hasta alcanzar las carnosas comisuras entreabiertas.

Los inmóviles brazos de ella eran el signo inequívoco de su disposición, porque permencer estática era la única forma de hacerle saber al caballero que podía continuar. Ese código era bien sabido y respetado, porque si ella comenzaba a moverse, significaba que opondría resistencia o, peor aún, que conocía más de la cuenta, dando al traste con la esperada inocencia que era requisito fundamental para un desenlace honroso.

Y mientras la expectante mirada de ella desaparecía ante el cerrar de ojos propio de un verdadero beso de amor, él tocaba su cabello, continuaba tomándole el rostro o, con osadía, acariciaba sus hombros cubiertos con un vaporoso vestido.

Era en ese momento cuando, las más decentes mujeres de la audiencia, se ruborizaban y abrían muy bien los ojos para guardar en su memoria la imagen encantadora como el preludio de un éxtasis insospechado. Así, sabían bien, podrían acostarse esa noche con la certeza de que si cerraban los ojos bajo la suave tela que cubría su cama, recordarían nítidamente el momento en que la mano de él bajaba lentamente por la clavícula de ella, hasta desaparecer del cuadro limitado de la pantalla.

Aunque escenas como esa duraban sólo unos cuantos segundos, para aquellas decentes espectadoras la imagen quedaba muy bien grabada en su mente, y se convertía en un referente primordial cuando llegaba la hora nocturna en que, luego de rezar devotamente, sus manos bajaban acariciando los pezones erectos, hasta que la flor entre sus piernas, rebosaba en una humedad que sólo podía compararse con la sugerida por el beso sin lengua ni saliva de la película vista aquella tarde.

"No hace más de un lustro que nuestras graves señoras murmuraban del cinematógrafo porque allí las actrices se besaban “de veras” con los actores y hasta se les permitían ofrecer gráficamente algunas lecciones de la ciencia del beso (...) Ahora carece de importancia y se encuentra a la misma altura que un tímido apretón de manos”.

“El amor y los besos en el cine”, El Universal Ilustrado, 19 de agosto de 1920.

“De manera desvergonzada y cínica, el cinematógrafo conculca los preceptos más rudimentarios del pudor y la vergüenza (...) fomenta bajas pasiones, cuyo fruto es al fin, el conculcamiento de toda ley, divina y humana, la deificación de la materia y por ende el desquiciamiento de la sociedad.”

“Circular a Sres. Curas, vicarios fijos y capellanes de la capital del D.F.”, 10 de agosto de 1922.

“Las estrellas de cine se besaban durante los años veinte apretando los labios contra los labios, como quien pone en contacto dos objetos. Y para no convertir cada beso en ese solo estrujamiento seco y torpe, los directores de cine tuvieron que inventar una serie de curiosas posturas, de ramificaciones corporales, de inclinaciones y balanceos”.

Paco Ignacio Taibo I, Dolores.