miércoles, 12 de agosto de 2009

De sororidad y antónimos.

Fue a través de la boca de una compañera feminista, psicóloga, antropóloga y bisexual, que escuche la palabra “sororidad.” Ni siquiera me la había dicho a mí, y yo creí entender “sonoridad.” Obviamente no sabía de lo que ella estaba hablando, y si en ese momento yo mencionaba algo sobre decibeles habría sido bastante embarazoso, pero como tengo una extraña habilidad para fingir cuando no tengo idea de lo que escucho, simplemente asentí con la cabeza y cambié de tema.

En fin, la palabrita viene de la raíz latina soro, que significa “hermana,” y a grandes rasgos define los fuertes lazos de hermandad que se tejen entre las mujeres. Probablemente un hombre difícilmente entienda acerca de esto, no por una incapacidad o algo por el estilo, sino porque entre nosotras se suele hacer explícito un gran cariño  siempre que se crea ese importante lazo, que va más allá de la “solidaridad.”

Creo que la diferencia entre los lazos que se tejen entre hombres, y los que creamos las mujeres puede estar en que a ellos se les suele enseñar desde pequeños el valor de la competencia y de la “fuerza” entendida como la demostración de superioridad ante los demás. Es así como me explico que los hombres estén constantemente compitiendo entre sí de forma explícita. Compiten para ver quien tiene el reloj más grande, la novia más chida, el mejor auto o el mejor equipo de panbol (por poner ejemplos burdos, aunque se podrían dar otros más complejos).

Sin embargo, entre nosotras los conflictos también existen, pero suelen hacerse de una forma más sutil. Como nos enseñan a ser siempre amables y mostrar la buena cara que es el sinónimo de la belleza, las luchas entre nosotras se expresan de manera distinta y un tanto más velada. Tal vez por ello cuando estallan los problemas, suelen hacerse ya sea de forma escandalosa, o mediante actitudes que tienen el objetivo de lastimar los sentimientos. En eso sí que podemos ser canijas las mujeres…

Pues esto me lleva a recordar cómo este tipo de prácticas se van aprendiendo desde la niñez. Como yo tengo un amplio repertorio de conflictos con mis amiguitas, recuerdo que la mejor estrategia para hacer sentir mal a la “enemiga” era, en principio, la famosa “ley del hielo.” Ya después los chismes y los insultos indirectos podían acabar por aplastar el autoestima de cualquiera.

Como sea, tenía la extraña idea de que esa era una práctica de niñas, porque según yo las mujeres adultas solíamos resolver los conflictos de una manera más madura. Pero resulta que no, que esa conducta se encuentra arraigada y la sororidad requiere de  algo más que la simple convivencia y la naturaleza femenina para existir. Falta tal vez dar un salto, y mirarnos entre mujeres como cómplices y guías, como discípulas de nosotras mismas y constructoras de experiencias verdaderamente horizontales.

Por eso no sé si preferiría que, al igual que los hombres, simplemente nos rompieramos la madre y dejaramos de andarnos por las ramas…

mmm, no lo creo.

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