miércoles, 26 de agosto de 2009

De heces y ternura

No es recurrente en mí la sensación de asco, y por el contrario, suelo ver al “asco” como una actitud bastante ridícula que más bien se actúa como una expresión de rechazo hacia ciertas cosas que, se supone, son naturalmente desagradables. Por ejemplo, es natural el rechazo hacia la caca, y su olor y consistencia es, por supuesto, algo de lo que muy pocos quieren saber. Pero de ahí a la actuación de asco hacia ciertos olores leves de putrefacción, hacia una imagen fea como por ejemplo de una vomitada, o más aún hacia una conversación sobre cadáveres o gusanos, creo que no tiene mucho de “real.”

Pienso que tiene que ver más bien con la censura y con los modales. Se supone que la gente no hable de esas cosas, porque son temas que incomodan y por ello están censurados. Entonces la forma que se ha instituido para mantener estos temas fuera de nuestras conversaciones habituales, es el rechazo constante y explícito hacia todo lo que tiene que ver con excrecencias, hedores y tufos. O sea que según yo esa censura cumple con la función de olvidarnos, al menos mientras estamos conviviendo con las demás personas, de ciertos procesos naturales y orgánicos (como echarse un pedo) que probablemente impedirían el trato cordial y pacífico en este mundo en que las apariencias se guardan con gran recelo.

Bueno, pues esta opinión irrelevante y subjetiva viene a mi mente porque en los últimos días me he enfrentado a la caca constantemente. No hablo precisamente de la que me espera cada mañana en el baño, sino de la que aparece cada hora en mi sala y en mi cocina. Tengo una cachorrita que al parecer tiene la urgencia de cagar como cinco veces al día, y que sufre de diarrea crónica. Ya me ha dado muchas desagradables sorpresas porque al parecer se empeña en embarrar su caca y pintar de café mi piso blanco.

Ayer, vestí elegante porque iba a recibir un premio por logros destacados en el campo de la excelencia, y yo ya estaba lista para salir (tarde) de mi casa, hasta con zapatitos y perfume (lo que es muy poco común para mi, tan desaliñana mujer). Pues estaba desayunando un plato de cereal lo más rápido posible cuando frente a mis ojos la perrita se puso en su posición de cagar. Yo rápidamente la agarré para sacarla, y cuando la puse en el piso afuera de mi puerta ella simplemente se metió de  nuevo a mi casa. Pensé que no tenía ganas, y que había interpretado mal su posición, hasta que…

Luego de unos segundos sentí mojado mi pantalón. Nooooo!!! Maldita sea. No tenía tiempo para pensar qué diablos podía ponerme. Sólo tengo un pantalón negroooo!!! Entonces sólo se me ocurrió limpiarlo con un jabon olor a coco, lo que resultó contraproducente a juzgar por el olor. Pero no tenía ya tiempo de ponerme otra cosa, así que tuve que ir al solemne evento así, y recibir con olor a mierda mi premio otorgado por un sacerdote y por TELMEX. Suena a metáfora, pero es real.

Por favor, ya que alguien adopte a mi adorable adorable y tierna perrita.

Foto0375

Por favor adóptenme porque mi caca apesta!!!

2 comentarios:

Virginia dijo...

JAJAJA!! que buena anécdota... pero lamentablemente no puedo adoptar una perra hoy, tal vez si pronto me vaya para allá, te la acepte para que me haga compañía, pero realmente no sé si me vaya pronto al DF. Oye!! pero cómo que te dieron un reconocimiento?? a ver explícame eso!!

Karlyle dijo...

Jeje..
Cuando te vea te platico...