lunes, 6 de abril de 2009

Irrelevante reseña del Concierto para piano improvisado y orquesta

Como esta reseña irrelevante contiene sólo mi muy personal impresión emocional, desinteresada y anecdótica, del concierto que el pasado Sábado 4 de Abril se llevó a cabo en la Sala Nezahualcóyotl, me tomo la libertad para escribir esto aunque no tengo los elementos técnicos necesarios para describir la música; sin embargo, eso no me impide hablar de lo que ésta me provoca.

El Concierto para piano improvisado y orquesta surgió tras algunas charlas entre el pianista y jazzista Eugenio Toussaint, y el director de orquesta Bartholomeus-Henri van Velde, en las que surgió la idea de combinar el jazz con la orquesta de cámara. A partir de un tema para piano escrito por Toussaint y la obra para orquesta Boullabaise, se proponen entonces llevar a cabo un experimento que combinara la música concertada con la improvisación. En Julio y Agosto del 2006 Toussaint compuso la obra que se estrenó en el Conservatorio de Bruselas el 18 de Septiembre del 2006, y se presentó en México el Sábado pasado con Alfredo Ibarra dirigiendo la Orquesta Filarmónica de la UNAM y por supuesto, con Eugenio Toussaint en el piano.

En la obra hay partes totalmente escritas, partes en las que se dirige a la orquesta a partir de una guía basada en el tema del piano, y otras en las que se reconoce la improvisación total. El resultado es una interesante mezcla de orden con un virtual desorden, de música armónica con libertad creadora, de silencios y sonidos disciplinados con ruidos geniales.


Hay una gran diferencia entre escuchar una improvisación jazzística y esta versión de cámara. En el jazz improvisado la armonía musical aparece como el resultado de la compenetración de los músicos, que logran ejecutar sonidos con un ritmo que termina siendo la base para la libertad creadora. Los límites de esa ejecución son azarosos, porque la melodía, como algo en movimiento, se vuelve impredecible. En ese sentido, se trata de una improvisación parecida a la vida misma, que está llena de contingencia, de azar, y de un dinamismo vertiginoso que puede llevarnos por caminos inesperados.


En la música de cámara sucede al revés: cada sonido es el resultado de una perfecta combinación de notas, de silencios y de tonos en donde cada músico sigue un orden establecido en un papel, que puede adquirir ciertos matices sólo bajo la batuta del director. Los músicos también deben compenetrarse, pero a diferencia del jazz, ellos no deciden individualmente el rumbo de la melodía, porque cada quien debe hacer sólo lo que le correponde. El resultado es la exquisita manifestación del raciocino, del orden, de la planeación y de la organización. La sorpresa o la incertidumbre no tienen cabida.


La mezcla de ambas formas de entender la música es un espectáculo auditivo alucinante, en el que se conjugan momentos de verdadera genialidad armónica con otros en los que reina la confusión. Durante el concierto podían identificarse claramente las partes que estaban planeadas para ser ejecutadas con orden, pero las que eran improvisación resultaban difíciles de captar. A veces parecía que estaban improvisando, pero escuchando con atención me percataba de que había un línea, tal vez al fondo de la melodía, en donde la armonía seguía presente.
El director dibujaba la música con sus manos, y aunque el pianista intentaba seguirlo, la fuerza del azar se apoderaba de él llevándolo a salirse por un momento de ese orden. Finalmente el cánon de esta pieza era la aventura.


Intrépidos músicos jugando con mis sentidos, como todo lo que me rodea en este mundo de la incertidumbre.

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