domingo, 8 de julio de 2012

Perros neoyorquinos


En la parte trasera de los asientos de American Airlines se colocan revistas de entretenimiento para que lxs pasajerxs podamos echarle un ojo al american way of life y así tener una introducción esquemática de lo que nos espera apenas pongamos un pie dentro del país más groseramente poderoso del mundo -claro, según la visión occidental del poder-. Entre revistas de turismo con lugares emblemáticos yanquis, un menú de comida rápida de Starbucks y un manual gráfico con indicaciones en caso de una catástrofe en el aire, encontré un catálogo con productos gringos de lo más hilarantes, como botas masajeadoras de pies, o sillas colgantes para jardín. Mi provinciana visión que califica tales cosas como "hilarantes" deriva probablemente de mi prejuicio hacia la idea del desaforado consumo gringo pero... en mi país creo que no existe una variedad taaaaaan grande de objetos inútiles que, según la publicidad "te cambian la vida". 

Aunque en este catálogo había un montón de cosas, los artículos que más llamaron mi atención fueron los que estaban destinados -supuestamente- a mejorar la calidad de vida de las mascotas, como las numerosas fuentes de agua que mantienen fresco el líquido que beberán perros y gatos, las camas de lujo para perros exigentes o las escaleras especiales para que los cachorros puedan subir al sillón a tomar una siesta. De entre todos estos artículos hubo uno digno de ser enmarcado en el futuro en un museo de  historia de inicios del siglo XXI: el meadero. Este producto es una reproducción fidedigna de los típicos hidrantes rojos que abundan en gringolandia, con pasto incluido, que puede ser colocado dentro del apartamento para que el perro que no puede salir constantemente no sienta nostalgia por la calle y haga toda la pipí que quiera ahí. Este innovador remedo del mundo exterior tiene un contenedor donde se acumula el agüita amarilla perruna para ser removida fácilmente.

La calle puede reproducirse dentro de casa, al menos imaginariamente, incluso para los perritos. Sin embargo yo, siendo una consentidora extrema de mi propio perrito, dudo mucho que él se sentiría muy contento meando en un artificio como ese aunque debo también aceptar que mi mexican dog no está acostumbrado a dichas tomas de agua, y desconozco si al igual que los perritos yanquis se sentiría especialmente atraído por dejar su rastro en una de ellas. 

Más allá de lo estrafalario del producto aquél, una de las cosas que han llamado mi atención de Nueva York, ciudad monstruo y torre de Babel contemporánea, es que aquí no existen perros abandonados a su suerte por las calles. Y lo agradezco, porque verlos siempre me parte el corazón, aunque habría que pensar por qué aquí no hay perros sin dueño como en muchas otras ciudades del mundo. La versión más alentadora es que hay suficiente conciencia por parte de sus habitantes, quienes no abandonan a sus mascotas ni las dejan reproducirse salvajemente sino que por el contrario, las cuidan y les compran productos inútiles, como el meadero. La versión más triste es el exterminio metódico en toda la ciudad, aunque lo que pude ver es que la gente quiere mucho a sus compañeritos peludos.

En Nueva York hay muchos parques y áreas verdes sumamente cuidados y con actividades al aire libre todo el tiempo, y los perritos tienen áreas especiales para poder convivir entre ellos ahí. Entonces nada de andar dejando a los perros sueltos por áreas destinadas a las personas, sino que unx puede ir con su mascota a estas áreas y soltarla siempre y cuando no sea agresiva. No pude dejar de pensar en el gandallita de mi chilango perro, que siente aversión por el 50% de los perros, en especial los que son más grandes que él (o sea la gran mayoría) y les echa pleito a la menor provocación. Me sentí con ganas de haberlo traído y me descubrí extrañándolo mucho, pues es mi compañía cotidiana en mi propia ciudad donde, al igual que en la que me encuentro ahora, hay muchas personas y también mucha soledad que es aminorada con una mascota en la que se vierten muchas energías y mucho cariño (en mi caso desaforado. ¡Oh! cómo amo a mi perro).

1 comentario:

Jönh A.C. dijo...

¡Oh, Mufin, where are you! Muy curioso e ilustrativo tu post, amiga; de verdad que esos gringos no saben ya qué pendejadas inventar.

Bien por tu viaje a los niuyores, mal por haber dejado al Sr. Panqueque.

¡Un gran abrazo hasta el otro lado!