lunes, 21 de diciembre de 2009

La teología de mi niñez.

Me gustaba la Navidad hasta que pensé en los kw/h desperdiciados y en las Cocacolas disfrazadas de Santa. Ahora pienso en lo que se ha convertido eso de celebrar el nacimiento de Jebús, y no es que sea nostálgica de las tradiciones cual si fueran acciones enfrascadas en una burbuja ajena a su entorno, pero eso de que el “intercambio” sea el momento cúspide de la Noche Buena me parece algo decadente, aunque en realidad recuerdo muy pocas cosas de la Navidad que tengan que ver con su supuesto verdadero significado. Sin embargo, hoy estas fechas me han hecho pensar en la religión que me inculcaron, y que negué apenas tuve un pequeño dejo de conciencia de que podía pensar por mí misma.

Soy ateísima comecuras desde hace muchos años, y tratando de explicarme este largo proceso de autosecularización, he llegado a crearme una historia de negación divina en la que me veo en mi niñez temiendo a un dios maldito, que me vigilaba todo el tiempo y cuyo poder inconmensurable me arrastraría a las llamas del infierno algún día. Estaba convencida de mi maldad innata, y mi primera (y única) confesión el día de Mi Primera Comunión estuvo llena de estupideces, como que no me comí el sandwich a la hora del recreo.

Era muy pequeña, y escuchaba hablar de dios en un retiro de hermanos franciscanos, en el que pasé todos los fines de semana durante unos dos años. Me llevaban mis papás junto con mi hermana el sábado en la mañana, y nos recogían hasta el siguiente día (debían pasarla de lujo sin hijas). Creo que lo único que le puedo agradecer al dios es que no me violaron allí, aunque para ser sincera me gustaba mucho ese lugar, porque tenía muchas amiguitas y me la pasaba jugando. Fue así que todo esto me fue configurando paulatinamente como una niña muuuy religiosa, que no podía irse a la cama sin rezar dospadresnuestrosyunavemaria y que ocupaba mucho tiempo en pensar en “lo divino”. Ahora que lo recuerdo, creo que eso debe tener relación con que soy una neurótica y mi cerebro se la pasa maquinando fuera de control.

A tal grado llegaba mi devoción en aquellos días, que a los seis años estaba considerando seriamente el ser monja, porque me parecía que era un camino de vida muuuy fácil y, por supuesto, significaba que no me iba a ir al infierno.

Mi convicción de que dios era un maldito se debía a que lo único que escuchaba de ese señor es que era un hombre de barba (ese pedo de la Trinidad ni siquiera me lo mencionaron, seguramente porque resultaba más pedagógico enseñarme una carita y ponerle el letrero de “Dios”, que hablarme de una abstracción extrañísima que me podía causar ezquizofrenia), que sabía todo, estaba en todos lados y que incluso podía escuchar mis pensamientos. No me dejaba ni un recoveco para escondereme de él, y lo peor de todo: su hobbie favorito era castigar a los pecadores. Como creía en dios, pues el diablo también andaba haciendo de las suyas, claro que debajo del suelo en mi gráfica y simplona concepción estratificada “cielo-tierra-infierno”.

De ahí que la idea de que había un mundo invisible paralelo con dios-diablo, que además era donde se decidía lo que me pasaba en mi realidad, me llevó automáticamente a creer en todas las cosas sobrenaturales que escuchaba por ahí. Así por ejemplo, recuerdo que algún día un compañerito chismoso de la escuela me dijo que todo lo rojo era del diablo, lo que me llevó a tratar de evadir compulsivamente absolutamente todos los objetos que fueran de ese color. Cuando digo evadir me refiero a ni siquiera verlos. Ni qué decir de mi miedo a la oscuridad, los fantasmas, los chanques, los nahuales, la llorona y los pitufos (sí, le tenía miedo a los pitufos). A ese grado llegaban mis temores e ingenuidad.

Pensando en todo esto, me doy cuenta de la deficiente educación religiosa que tuve, no únicamente dentro del retiro aquél, sino dentro de mi familia y en general en el lugar en el que me desarrollé. Bendita chilangolandia! Ciudad de la moral liviana y del catolicismo de morondanga. Aquí las iglesias están dignamente vacías la mayoría del tiempo,  las misas llenas son las que terminan en pachanga y borrachera y la devoción popular incluye igual a la Virgen que a la Santa Muerte, aunque los curas se enojen. Y por  fin, las parejas de homosexuales pueden adoptar niños. Va a estar divertida la prensa católica (soy su fans, es más divertido leerla que oír chistes del Jojojorge Falcón).

Celebro el día que me convencí de que el dios era un obstáculo mental. El primer gran cuestionamiento, la primera gran decisión razonada y rebelde, fue haberme librado de las ataduras de la idea de que había algo que tenía un control que yo jamás podría alcanzar. Era como traer en la mente un candado irrompible que me impedía darme cuenta de que yo soy dueña de mi destino, y de que no puedo esperar nada más, que lo que traigan mis decisiones y acciones.

-Lo que sigue es muy complicado para ustedes. Mejor voy a enseñarles las cosas a mi modo. No saben nada de religión, ¿verdad?

Hicimos un gesto negativo.

-Entonces es necesario que sepan lo más importante: hay infierno.

No era una revelación. Otras veces habíamos oído pronunciar esta palabra. pero sólo hasta ahora estábamos aprendiendo que significa algo rojo y caliente donde hacían sufrir de muchas maneras a quienes tenían la desgracia de caer allí. Los bañaban en grandes paroles de aceire hirviendo. Les pinchaban los ojos con alfileres “como a los canarios, para que canten mejor”. Les hacían cosquillas en la planta del pie.

[…]

-Al infierno van los niños que se portan mal.  

Rosario Castellanos

Balún-Canán

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuuuul! Toda tú te desparramaste en estas líneas. Felicidades, es la mejor de las entradas tuyas que he leído.
Leny

Zully dijo...

te entiendo perfecto cada día pongo más en duda al catolicismo...pero curiosamente a dios no.. para mi son dos seres diferentes..

Como sea, espero que pases una feliz navidad... besos1

Karlyle dijo...

Gracias Leny, qué bien que te anima a comentar po aquí :D


Zully: a mi me pasó al revés. Cuestioné a dios, y por default a la iglesia. Pasó un tiempo para que me diera cuenta de que esa institución es básicamente basofia (aunque no toda, por supuesto, porque hay honrosísimas excepciones).

Saludos!