viernes, 11 de marzo de 2011

Emo en gerundio

Esta es la historia de una niña coloquial, que cada noche se ponía a escribir con abundancia de gerundios, aunque en realidad ella no sabía que utilizaba aquella espantosa muletilla, como tampoco sabía explicar cada tiempo verbal que incluía en sus escritos. Aún así gozaba con la descripción cotidiana de sus días, algunas veces largos y accidentados, y otras cortos y lineales.

Algunas veces comenzaba escribiendo acerca de su día cuando, repentinamente y sin proponérselo, añadía recuerdos muy lejanos en el tiempo. Otras tantas, se sorprendía a sí misma relatando cosas que no podrían caracterizarse como “acciones”, sino más bien como una especie de pensamientos o ideas, que iban más allá de la descripción somera y lineal de acontecimientos cronológicos, sucedidos en el tiempo y el espacio cercanos.

En ocasiones se le dificultaba mucho encontrar la palabra que pudiera explicar lo que tenía en la mente, y fue entonces que se percató de que las ideas no son palabras. Ya en otras ocasiones había pensado eso, cuando de repente se ponía a pensar en sus pensamientos. Sabemos que la expresión “pensar en sus pensamientos” es un tanto extraña, pero así sucedía. Era como sí la niña coloquial pudiera abstraerse por un momento de lo que pensaba, para pensar más bien en cómo pensaba. Por supuesto que aquella niña coloquial no podía saber que esa actividad era cotidiana entre los epistemólogos y epistemólogas; pero a decir verdad, precisamente por no saberlo, esa cuestión le tenía sin cuidado. Así que para nosotros tampoco debería tener relevancia alguna.

De repente, pensó que no podía poner con palabras las cosas que sentía, y supo que el lenguaje tenía muchos límites. Pero aún así, intentó describir sus sentimientos utilizando una serie de palabras que los seres humanos inventaron para nombrar las pasiones, tales como: “euforia”, “enojo”, “encabronamiento”, “felicidad” o “tristeza”. Sin embargo, estas palabras pronto le parecieron no sólo inexactas, sino sobre todo simplistas. Cuando ella ponía una frase como “hoy me siento triste porque leí en el periódico acerca de la riqueza incuantificable de un señor que, paradójicamente es delgado y obeso al mismo tiempo”, sentía que la palabra “triste” se quedaba corta ante la sensación que la invadía repentinamente. Entonces intentó adjetivizar las palabras, escribiendo cosas tales como “tristeza nauseabunda” o “intranquilidad nostálgica”, pero tampoco se acercaban a las cosas que sentía.

Fue entonces que recordó que desde que era aún más pequeña, la niña coloquial había intentado ocultar ese tipo de sentimientos en lo más profundo de su garganta, empujándolos con fuerza por debajo de su tráquea para que se perdieran en su estómago junto con todos los desechos que su cuerpo tendría que expulsar en algún momento. Quizá por eso cuando intentó que todos esos sentimientos salieran a través de sus escritos nocturnos, éstos ya habían seguido su recurrente camino fuera de su cuerpo, dejándola con la sensación de que no podía nombrar aquello que siempre se había esforzado por ignorar. Le resultó muy comprensible y normal su dificultad para hablar de cosas que no conocía, por lo que un día, al sentir una felicidad bastante intensa, se concentró en pensar cómo hacía para que ese sentimiento no se le escapara por la garganta. Lo hizo de esa forma porque podría darse cuenta de ese proceso sólo a través de ese sentimiento agradable. Estaba esperando sentir tristeza para hacer lo mismo que con la felicidad, esto es, esforzarse por que no se le escapara fácilmente. Pero no la encontraba. Se dio cuenta de que no podía ponerse triste así como así, y más bien tendría que esperar a que ese sentimiento llegara solo.

Supuso que no sería difícil encontrarlo de repente por las calles, porque éstas siempre están repletas de desazón. No se equivocaba y cuando atravesó la puerta de su casa, inmediatamente se le rompió el corazón.

jueves, 24 de febrero de 2011

Ay nanita!

Tuve una pesadilla. Soñé que iba en bicicleta por Insurgentes, creo, en la glorieta donde da vuelta el metrobús, para ser exacta, y repentinamente las calles se hacían intransitables moviéndose de su lugar cual olas de asfalto. Y yo en mi bici no podía mantener el equilibrio. Después tuve conciencia de que era un sueño, pero no sucedió como en otras ocasiones, en que sé que sueño pero sigo en una trama onírica, incoherente, divertida e hilarante; sino que me sabía acostada aquí, en esta misma cama desde donde ahora mismo estoy escribiendo. Estaba oscuro, yo estaba tapada con mis cobijas, y de mi lado izquierdo, en donde está el borde de la cama que no está pegado a la ventana, escuchaba un ruido ensordecedor y horrible. Podría haber sido el de una máquina ruidosa o el de un objeto siendo aplastado. Y me asustaba, era muy fuerte, y yo sola en mi cuarto, no podía discernir si de verdad estaba dormida o despierta, ni de dónde podía venir ese escándalo. Además ,no me podía mover. Extrañamente me sabía acostada, sabía que era de noche, sabía exactamente en qué lugar de mi cama estaba, pero no podía despertar del todo.

Fue uno de esos momentos que hace algún tiempo perseguía con anhelo, cuando quería volverme onironauta, es decir, dormir y poder controlar mis sueños, alcanzando cierta lucidez estando dormida, sabiendo que estoy soñando y, por lo tanto, con la conciencia de que puedo hacer absolutamente cualquier cosa que me plazca, simplemente porque en los sueños no hay límites. El problema era que aunque sabía que estaba durmiendo, no podía despertar, y estaba en una especie de término medio entre el sueño y la vigilia, porque sabía dónde estaba, pero no podía moverme.

Lo que intenté hacer durante mi pesadilla, fue gritar. Lugar común. Pero no podía. Intentaba articular las palabras y no me salían, me pesaba la quijada, la garganta no me respondía, y debía hacer un esfuerzo sobrehumano para que al final, ningún sonido saliera de mi boca. No sé si logré o no gritar, y finalmente cuando me desperté por completo, ví que el sonido que me asustaba no existía. Todo era silencio, yo estaba plácidamente dormida, pero con mucho frío que no se me quitaba y no me dejaba dormir. Aunque el frío es común en mí, anoche tenía puesta bastante ropa y las mismas cobijas que en otras ocasiones me provocan mucho calor.

Fue raro, y lo único que hice fue enroscarme en mí misma, y tratar de seguir durmiendo. De por sí me había dormido tarde anoche, después de las 12:00, y me desperté de madrugada. Supuse que me levantaría muy tarde, por la desvelada, pero no. Me desperté como siempre, aunque al final no tuve ganas de ir a correr.

“Que se te sube el muerto”, le llaman popularmente a ese fenómeno nourológico en el que se está en un término medio entre el sueño y el despertar. Simplemente eso. Pero qué pinche culero se siente, caray!

Y todo comenzó por mi reciente temor tras haberme caído de la bicicleta. Pero no me caí yo solita, me tiró un taxista lerdo que abrió la puerta de su carro justo cuando yo iba pasando a su lado, cual bólido ultrasónico. Hasta el aire me sacó ese madrazo, pero estoy autoterapeándome usando la técnica conductista más sofisticada: hacerle frente a mi miedo y meterme en mi bici hasta en los pequeños recovecos que quedan entre los autos y la banqueta.

lunes, 7 de febrero de 2011

De variedá

  1. 25 de enero: Iba caminando rumbo al metro Bellas Artes, y decidí entrar al Sanborns en busca de una gelatina, porque últimamente me he vuelto una consumidora compulsiva de ese alimento antivegetariano que me hace romper con una de mis convicciones más rígidas. Me compré una gelatina de yogurth de fresa, que dentro de mi estrecha dieta anticárnica y fanática de los sabores dulces, significa un sacrilegio. Entonces salí muy contenta con mi gelatina en la mano izquierda y una cucharita de plástico en la derecha, y estaba a punto de abrirla para darle la primera probada que me llevaría a la gloria cuando, repentinamente y sin saber de dónde, se me acercó con una actitud imponente y amenazadora un indigente, de esos que suelen rondar por el centro, y estando muy cerca de mi cara me pidió un peso. Sin siquiera hablarle, hice algún gesto negativo que, probablemente, se tradujo en una mueca de desagrado (digna de ser denunciada con el CONAPRED). Aunque mi reacción automática fue la de acelerar el paso ante esa figura grotesca, por amenazante, en un segundo y sin que yo pudiera hacer nada, el indigente descargó su ira contenida en mí, y me golpeó con fuerza, dirigiendo su golpe a mis manos, con las que yo atesoraba mi gelatinita sin probar. Lo único que quedó fue una gelatina deshecha en el piso, y yo todavía con la cucharita de plástico en la mano me fui de ahí rápidamente, ante la mirada sorprendida de quienes presenciaron ese espectáculo, pensando en cómo mi actitud, aunada a la locura de un ser caído en desgracia, fue la que me hizo recibir ese golpe. Pensé en lo irónico del asunto: verme a mí misma salir de un Sanborns (el templo de la riqueza incuantificable y siempre en aumento de uno de los señores más ricos del mundo), con un postre en la mano, y sin hambre, recibiendo un golpe de manos de uno de los seres que ejemplifican con sufrimiento las injusticias surgidas de este sistema económico. Entonces pensé en lo poético del asunto, y me sentí una testiga que logró tocar de frente y sufrir vivamente las consecuencias del capitalismo. Con ironía pienso que eso me hace una víctima más, que no pudo difrutar su azúcar a gusto por culpa de las injusticias sociales.

  2. 1 de febrero: Acabo de escuchar la noticia de que atraparon a un tal Gómez Vázquez, “el gato”, supuestamente uno de esos “cacas grandes” del narco, y no pude evitar pensar indmediatamente en Vázquez Gómez, que era el candidato a la vicepresidencia, junto con Francisco I. Madero en las elecciones de 1910, en las que ambos serían derrotados por Don Porfirio. Inmediatamente me percato de que más allá de la coincidencia en los nombres, una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra. Y es entonces que pienso en cómo la historia se ha convertido en mi referente primordial, no sólo para explicarme cosas del presente, sino como un cúmulo de alusiones que, como en este caso, están totalmente desfasadas. Pero eso sólo me deja ver que mi cerebro ya está determinado, cual perro pavloviano, a pensar sólo a través del pasado.

    Por ejemplo, ayer, pensando acerca de la enorme cantidad de muertos que van en este sexenio, y de la noticia de que el 25% de las ciudades más violentas del mundo son mexicanas, sólo pensaba en cuántos habrían sido los muertos de la revolución mexicana (dato que desconozco) y que las estimaciones más exageradas dicen que en la llamada “época del terror”, posterior a la muerte de Luis XVI durante la revolución francesa, hablan de unos 40 000 muertos. En México, en lo que va del sexenio ya se contabilizan tantas personas, que podrían llenar el Palacio de los Deportes, además de que el número de desaparecidos es igualmente escandaloso.

    Y esos datos se vuelven tan cotidianos, que la costumbre termina derrotando a la indignación.

  3. Fecha indistinta: El Centro Histórico es una fiesta sin cover. Frecuentando el centro histórico con regularidad, es posible captar el increíble museo viviente (o zoológico humano, da igual) que éste lugar significa. Gracias a que recorro sus calles con la diligencia necesaria para aprehender un poco de su peculiaridad, ya puedo identificar a muchos de los naturalesdestastierras. Por ejemplo, los bailadores que parecen sacados de la película fichera más hilarante, que cada fin de semana se adueñan de la Alameda con la cumbia más popular de fondo. La moda que ostentan hace juego perfecto con los pasitos de un baile ya desaforado, ya peculiarmente rítmico, que manifiesta la existencia de un mundo subterráneo que deja ver que cualquier cánon de comportamiento “socialmente aceptado”, es en realidad un espejismo aburrido e incoloro. Yo suelo pasar los domingos y disfrutar locamente del espectáculo hilarante que me resulta exótico simplemente por lo poco común que es a mi visión cuadrada y típica.




4. Hoy: Me puse a escuchar noticias, y me encontré con la novedad de que cesaron del aire el programa de Carmen Aristegui, lo cual me parece una evidente muestra del temor y ámpula que estaba levantando entre la clase política. Creo que sí estaba volviéndose bastante incómoda. Cómo sea, el debate en torno al papel de los medios de comunicación en este contexto de nuevas formas de transmisión de mensajes, es muy interesante, e incluso creo que lo que estamos presenciando es una especie de “revolución” en la teoría y la praxis política, a partir de la existencia de canales de información más incluyentes.
Y todo por hablar sobre el alcoholismo de Felipe Calderón, que lo acerca todavía más a la figura ilegítima de Victoriano Huerta.

5. Hoy rompí mi espejo.

Huevos!!

jueves, 13 de enero de 2011

Amanezco con la revolución ante mis ojos medio dormidos.

El monumento a la revolución se convirtió en parte fundamental de mi panorama cotidiano; amanezco con su imagen apareciendo imponente ante mis ojos, cuando me dirijo a la estación del metrobús recién re-bautizada como “Plaza de la República” (antes se llamaba, simplemente, Tabacalera). Y me resulta relevante que la Revolución (gran acontecimiento histórico que pasó casi desapercibido a cien años de su –oficial- inicio) conmemorada mediante el armatoste compuesto únicamente por la cúpula de un edificio que se avizoraba como imponente, quedara en medio de una alegoría de la división de poderes. Y no puedo evitar pensar que “Plaza de la República” se debería llamar una que resguarde, quizá, algún monumento a cualquier personaje de nuestro amplísimo panteón de liberales antimonarquistas. Pero no, la revolución quedó ahí en medio, aunque el republicanismo estuvo prácticamente ausente dentro del debate, peticiones o metas que ese movimiento perseguía.

Y pasar cada día cerca de esa gigantesca mole de piedra remodelada me ha hecho pensar cosas acerca de los significados que pueden leerse a través de cualquier monumento, que evoca un pasado que se considera conmemorable, y por lo tanto configura referentes que pretenden dejar una huella en la memoria. La revolución, por lo tanto, a partir de mi cercanía con el monumento que la trae al presente, es una alusión histórica que se ha convertido en parte de mi cotidianidad.

Y voy caminando siguiendo calles que recuerdan a puros liberales decimonónicos, de Guillermo Prieto a Valentín Gómez Farías, sintiéndome más liberal y anticlerical que nunca, para dirigirme a la Avenida de los insurgentes, pensando en las exitosas campañas de Morelos (las de Hidalgo nel, a él más bien lo suelo pensar con la imagen ibergüengoitiana del cura Periñón, jalando un cañón hacia arriba de un cerro), Guadalupe Victoria, Francisco Javier Mina y Vicente Guerrero.

Conforme me voy acercando, va apareciendo poco a poco el monumento: primero la cúpula que se va completando con una base sobria cuyo vacío en su interior me recuerda que la revolución, y el edificio que la conmemora, comparten un cosa: están inclonclusos. A su alrededor, veo los edificios que lo acompañan: bancos, oficinas, un frontón en huelga infinita y a su derecha: un edificio del PRI; y no puedo evitar imaginarme a la revolución siendo custodiada por un burócrata mirando hacia el monumento, a través de la ventana de una oficina del PRI llena de papeles viejos acumulados, que contendrían pendientes que no se realizarían nunca.

Sé que la revolución va a estar ahí cuando llegue por la noche, esperándome con su iluminación tricolor, para colorear con patrioterismo mi panorama nocturno.


martes, 28 de diciembre de 2010

Santa María la Ribera.

Llegué a Santa María la Ribera cuando arrancaba el mes de septiembre. Había visitado el barrio por primera vez apenas unos meses antes, en una tarde lluviosa cuando al salir de la Biblioteca Vasconcelos supe que el famoso kiosco morisco estaba muy cerca. Aquella tarde me impresionó el tamaño y los exquisitos detalles desgastados de ese monumento, y me gustó mucho ver que los jóvenes se habían apropiado de ese espacio para patinar. Esa tarde fría no me imaginaba que en poco tiempo viviría aquí.

Entre los libros que traje a mi nuevo hogar incluí uno de Arturo Azuela: “Alameda de Santa María”; novela que por cierto no releí como planeaba. Pero aún así, con el ibro en las manos, recordaba los “nidos de ratas” que, descritos por el autor, fueron en algún momento motivo de conversación con mis compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras. Yo me estaba metiendo en uno, pensaba, y con una sonrisa en el rostro.

El kiosco se convirtió en parte fundamental de mi panorama cotidiano, y se renovó durante mi estancia, porque el monumento está en proceso de restauración. Cambió su estructura, igual que lo hacía yo, mientras veía día tras día a los trabajadores recubrir y colorear cada una de sus partes.

El nuevo proyecto de la Alameda de Santa María excluyó a los jóvenes de la nueva duela de madera del kiosco, que no tolera las ruedas agresivas de patines y patinetas. Se colocó piso nuevo en la plaza, y una mañana mientras yo corría, en sus extremos laterales fueron clavadas las viejas bancas de hierro que se mandaron hacer con motivo del centenario de 1910. Las cosas cambiaron, y me tocó ver apenas un pequeño esbozo de ello.

En varias ocasiones pude ver a las vecinas entusiastas que pretendían devolverle al barrio la vitalidad que, dicen, se había perdido poco a poco. Los nuevos inquilinos como yo, después de todo, somos una manifestación del desgaste de una colonia que materializó en algún momento la afrancesada confianza porfirista en el futuro. Glorias pasadas…

Desde que llegué, la consabida inseguridad que le da al barrio el sobrenombre de “Santa María la Ratera” formó parte de mis prejuicios. Recuerdo bien cómo la primera noche que salí a la esquina, tuve que pedir compañía para caminar 15 segundos en la calle. Poco a poco esa sensación de desamparo se fue perdiendo, y hasta me familiaricé con los indigentes y yonquis que rondan las calles a toda hora. Hoy, a cuatro meses de vivir aquí, salí por primera vez sola de noche, en busca de un café barato, y sin temor alguno caminaba pensando que mi cotidianeidad aquí se acabó. El año bicentenario se me va a ir junto con mi primera experiencia de “independencia”.

Pasó tiempo, no mucho, pero es ya perceptible. Durante mi estancia aquí algo se transformó. Además de los cinco kilos extras que me hacen ver menos raquítica, casi ya no tengo insomnio y he dejado de preocuparme por nimiedades. La rigidez que en algún momento me rigió como tabla de metal golpeándome con sus horarios y rutinas inamovibles, se esfumó, y ahora reina en mí un caos reconfortante. Ahí voy, sobreviviendo y convenciéndome de que el confort no radica en las comodidades, sino en la autosufieciencia.

Voy a empezar de nuevo. A ver qué pasa por la calle…

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domingo, 26 de diciembre de 2010

Las ratas de Skinner

Iba caminando empoderada por el metro, sonando el par de tacones que anunciaban su andar adquisitivo. Pensaba en la estatura que estaba ganando al dominar el puntiagudo estilete que por algún acto de la gravedad y la circulación, llevaba más sangre que de costumbre al dedo pulgar, hinchándolo y ejerciendo presión con la gamuza beige que combinaba perfectamente con un pantalón cuyas líneas alargaban su pantorrilla. Y recordó que el barniz de sus uñas se hallaba descarapelado, lo que le hizo sentir inseguridad de estrechar la mano de alguien que reconociera su descuido.

Sin embargo, las múltiples ocupaciones acumuladas en su agenda no le permitían más que una preocupación nimia y esporádica de tales superficialidades.

Pensaba cosas importantes, como en que la aplicación del conductismo en las cuestiones laborales requería ingenio y una atención particular hacia las relaciones interpersonales, porque los seres humanos, después de todo, podían actuar de acuerdo a reglas tácitas siempre y cuando la inercia del conjunto los llevara por un camino no establecido en los marcos de la legalidad. Y mientras recordaba sus clases de psicología aplicada a los recursos humanos, pensó cuán débiles eran las personas ante la necesidad. Atinó al concluir que la clave estaba justo ahí, en una situación social adversa que no les permitiera a los empleados un margen de acción más allá de un estrecho panorama tendiente a la supervivencia.

Recordó cómo comenzó “desde abajo”, al igual que todos aquéllos a quienes ahora controlaba (disfrutaba pensando en la palabra “controlar”, mientras se tomaba su tiempo para conjugarla  en todos los tiempos y personas existentes), hasta que paulatinamente y casi sin darse cuenta, estaba recibiendo un mejor sueldo por el mismo trabajo. Eran bonificaciones aparentemente inexplicables, que se materializaban a cuenta de las risitas discretas que le regalaba a los malos chistes del jefe. El hecho de haberse visto repentinamente en una situación privilegiada no le resultaba incómodo, e incluso pensaba que merecía esas prebendas por tantos años de estudio. Finalmente para eso había soportado años de desvelos y de lecturas que podrían resumirse en técnicas de elaboración de porcentajes y tests de personalidad.

Y repentinamente la acechó un pensamiento que recurrentemente hacía acto de presencia. Pero la moralina que le incomodaba de vez en cuando se esfumaba ante la venta nocturna que materializaría sus aspiraciones con los aromas y las texturas que siempre había deseado. Y mientras volvía a mirarse la uñas cuyo rojo barniz estaba desapareciendo poco a poco, el interfón anunciaba ruidoso frente a todos sus subalternos, su velada (pero por todos sabida) ocupación en la oficina del jefe. 

La incomodó sólo un segundo el hecho de que su intención de ganarse el poder que aparentemente tenía ante sus empleados, sería imposible mientras rondara en las paredes de la oficina aquél sobrenombre que borraba de golpe cualquier esfuerzo por ser tomada en serio. Pero en la escala de jerarquías estaba encima, y con eso le bastaba para continuar aplicando la misma política laboral de la que se quejaba en la hora de la comida con los mismos empleados a los que ahora ella “controlaba”.

Acomodó su cabello, y entró entonces a la oficina, con el abrigo de piel que compraría esa noche en mente.

martes, 23 de noviembre de 2010

Spirit

Todo comenzó cuando el día de hoy, hojeé una edición ochentera del libro de Álvaro Matute acerca de la revolución: La Revolución Mexicana: Actores, Escenarios y Acciones. Leí el epílogo incluído después de la primera edición, en el que habla acerca de las diferentes posturas historiográficas desde que comenzaron a aparecer textos que hablaran de ese suceso, comenzando con el de Madero, La sucesión presidencial.

La continua caracterización de la figura heróica de Madero contrasta con una personalidad que se asoma como excéntrica y hasta “ingenua”. Este concepto refiere a que sus estrategias políticas fueron contraproducentes en su ejercicio del poder. Si bien Madero era un ferviente creyente del concepto “democracia”, a partir de la escritura de La sucesión presidencial puede inferirse una postura acrítica del término, en la que se consideran conceptos que le atribuían al “pueblo” cualidades como la “sabiduría” o la “salvación”. Probablemente la influencia del espiritismo llevó a Madero a confiar plenamente en que el pueblo podría dirigirse a sí mismo, sin tomar en cuenta que ése mismo pueblo estaba compuesto por individuos e individuas con una diversidad avasallante de posturas, ideologías y creencias.

Aún así, el propio Madero consideraba que el pueblo nunca se equivocaría en sus decisiones, porque siempre estaría en favor de su “progreso” como colectividad. Bajo este tamiz positivista, Madero no concebía que la violencia que él mismo había desatado desde que llamó a las armas en el Plan de San Luis, podría volverse irrefenable; y quizá por eso no se percató de que sus subalternos estaban conspirando en contra suya.

Finalmente el creía que el pueblo existía como un ente abstracto e idílico, compuesto por una colectividad homogénea que se movía siempre hacia el mismo lado. Sin embargo, en realidad estaban comenzando a manifestarse las múltiples divergencias, debido a la puerta abierta que, por primera vez después de más de 30 años, había permanecido cerrada: la de la participación política.

Luego, recordé que anoche soñé con Francisco I. Madero. Lo que pasó fue que me dormí leyendo un texto de Friedrich Katz acerca de Pancho Villa, y seguí soñando que leía, pero en mi sueño el texto hablaba de Madero. Repentinamente, estaba viendo un discurso de Madero muy cerca de donde vivo, y esa imagen era muy curiosa, porque mientras el fondo era muy colorido (en tonos azul, turquesa y con motivos mudéjares), Madero era color sepia. Es obvio que no podría imaginar a Madero a colores, porque nunca lo he visto así.

Entonces, a partir de haber soñado con Madero y tras pensar en su espiritismo como algo que influyó en la actitud políticamente torpe durante su gestión, recordé que según Matute, La sucesión presidencial es un texto de bajo perfil, con argumentaciones poco analíticas acerca de la necesidad de una transformación política. En ese libro apenas dirige una leve crítica a Díaz, y habla de un tránsito pacífico hacia la sucesión presidencial, es decir, no concibe la toma de las armas. Por eso el concepto de “democracia” es imaginado sin detallar cómo van a plantearse los mecanismos de su puesta en marcha.

No existían instituciones, y la lucha por el poder se comenzaría a dar por la vía violenta. Por eso los exporfiristas verían esa como la única forma de tomar de nuvo el poder y asesinaron a Madero.

Y me quedé pensando en esa idea de que los espíritus le hablan a los vivos, como creía Madero, y no pude evitar pensar en lo excéntrica que me parece esa idea. Se supone que mediante algunos rituales puede “contactarse” con los muertos. Con ironía, me imaginé que el espíritu de Madero se me había aparecido en mi sueño, y esa idea me dio risa.

Entonces pensé que ya era hora de preguntarle a Katz cosas sobre Villa, porque aunque Katz acaba de morir, es real que a través de sus textos todos los muertos nos pueden seguir hablando.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Sensatezzzz

No tenía la intención de seguir pensando en el asunto, pero no escapaba de su cabeza la idea de que el "trastocamiento de las estructuras" podía ser positivo, siempre y cuando fuese manejado con suficiente sensatez. Que sí, que no... La seguridad no podría llegar mágicamente, pero si no lo creía, entonces ¿qué hacía ahí?







martes, 16 de noviembre de 2010

Escribo

Cuando era niña -según recuerdos ajenos que decidí hacer míos por parecerme interesantes- un futurólogo mexicayotl me leyó el destino a a partir de mi fecha de nacimiento y dictaminó que sería escritora. Hoy no lo soy. Lo que más me acerca a esa actividad son mis apuntes tangibles en libretas dispersas, y las letras que están aquí: virtuales existiendo en un lugar indeterminado. Jugar con las palabras me atrae mucho, pero más allá de decir sandeces en la vida real, transcribir pensamientos en los moldes de las palabras escritas es una actividad de tanto respeto, que sé que más allá de exponer mi cotidianeidad microespacial en este lugar, no me sería sencillo inventarme escenas inmateriales.

Aunque me gustaría intentarlo. Quizá un día de estos me ponga a inventar una historia de clichés, nomás para ver si puedo llenar mis tiempos vacíos con las letras. Seguramente si hago como ahora, que escribo sin tener qué escribir, no pueda hacer nada más allá de una perorata indefinida e irrelevante, como este post madrugador que no tiene letra, no tiene acento, no tiene contenido y está hecho para llenar un hueco que el sueño dejó en mi subconciente insomne.

Insomne.

 

Insomne.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Distracción patológica.

Ya lo sabía: mi naturaleza tiende hacia el “papaloteo”, pero en los últimos días esa característica, que en algún momento resultó incluso divertida o intrascendente, se me está escapando de las manos. La cuestión es que suelo olvidar cosas, perder objetos, equivocarme de camino, caminar sin dirección, distraerme fácilmente… Es decir, soy dispersa, dispeeersaaa, por decirlo de una forma elegante.

Ya alguna vez escribí acerca de mis experiencias accidentadas al viajar en metro. De cómo me resulta sencillísimo perderme entre la masa siguiendo una dirección que no es la mía. Quizá es ahí donde mi dispersión se manifiesta claramente, porque en lugar de atender mi propio camino, me dejo llevar por la corriente hasta que pasa mucho tiempo para que me dé cuenta de que voy al revés. Pero esa es una actitud que, incluso, ya se me hizo costumbre, y hasta la tomo con gracia (cosa que no debería de ser, porque en vez de proponerme ser más hábil para andar en la calle, me río de mí misma y me siento un ser pintoresco y tranquilo en medio de una vorágine de gentes paranoicas).

El problema es que me estoy convirtiendo en una una maquinita de producción en serie de equivocaciones y accidentes. Hace algunos días, por ejemplo, quise entrar al depa y no encontré mis llaves. En mi mente tenía una imagen clarísima de que las había guardado en mi bolsa al salir en la mañana, por lo que concluí lúcidamente que las había perdido, cosa no poco extraña tomando en cuenta mi extraña habilidad para deshacerme involuntariamente de mis pertenencias. Al otro día saqué una copia de las llaves, y no problem, no se caba el mundo, ahí voy con mi repuesto por la vida lamentándome por haber perdido las anteriores, y pensando en que ojalá no las haya encontrado un psicópata desquiciado, o el chico que vive cerca de mi entrada, que extrañamente siempre está asomado en su puerta y se me queda mirando cada que salgo de aquí.

Total, unas llaves qué… Y pasan unos cuantos días, me pongo mi saco negro, meto la mano en el bolsillo y, ahí están! Las llaves que creía perdidas estuvieron todo el tiempo en la bolsa. Chinga!

La cuestión es que no me explico cómo diablos llegó a mi mente una imagen clarísima de mí, guardando las supuestamente perdidas llaves en mi bolsa. La nitidez del recuerdo me lleva a ser insegura hasta de mi propia memoria, porque ésta me inventa explicaciones lógicas que en mi subconsciente hacen que la distracción, que ya sé que padezco, encaje con mi seguridad basada en una memoria quesque fotográfica. Si mi propia mente se inventa historias para recrear mi distracción innata, una de dos: o no soy tan distraída como pienso, y más bien soy muy lúcida la mayoría del tiempo, pero no me doy cuenta por estar pensando en lo distraída que soy; o soy distraída por partida doble, porque hago cosas estúpidas que luego me explico a partir de invenciones que concuerden con esa distracción y cometo, por lo tanto, cosas doblemente absurdas, como el hecho de no perder las llaves, pero no recordarlo e inventar que las perdí por distraída, cuando en realidad estaban todo el tiempo frente a mis narices. Chet!

Todo esto va porque tuve que sacar repuesto, y ahora, tras mi accidente, tengo dos juegos que se preparan para ser perdidos en el lugar más recóndito de mis bolsillos. Quizá esas llaves sean halladas veinte años después, cuando ya me haya machacado demasiado la mente con la idea de que, al haber perdido un par de llaves en mi juventud, comenzó una fila interminable de sucesos que fueron definiendo en mi subconsciente la seguridad de que no podía sentirme segura ni de mí misma, y por lo tanto, el carajo me llevó ante la dificultad de confiar en mi memoria otrora fotográfica.

Mi impresonante habilidad para que se me vaya el pedo ya me está sacando un poco de quicio, y aunque ya la he cargado en mis hombros muchos años, en las últimas semanas se ha manifestado de formas burdas, riéndose de mí en mi cara y haciéndome ver que, de continuar con mi caótico pensamiento inconexo, me puedo caer un día en un hoyo que conozco bien, pero se me olvidó que estaba ahí por andar con la mente en los interminables soliloquios repentinos.

“Karla -me digo mientras bajo la escalera-, caminas hasta el kiosco y das vuelta a la derecha, ahí sigues el camino en el que habita el obeso mórbido que está siempre ahí sentado leyendo el publimetro. Sí, ese gordo que seguramente se desayuna tres cajitas felices con todo y juguete sorpresa, y está siempre frente al puesto de tacos en donde hay unos reguetoneritos que miran hacia el puesto de tamales mientras mastican su maciza con cuerito. Finalmente –continúo-, ellos son la manifestación de una generación sin expectativas en esta coyuntura sociopolítica de desconsuelo ante la falta de oportunidades, que necesitan satisfactores hallados, por un lado, en la comida grasienta que da un placer momentáneo y difícil de cubrir con otras cosas, y por el otro en una cultura de la violencia en la que los jóvenes tenemos un presente con espectativas cortas. Para qué vivir mucho y mal, si se puede intensear poco pero sabroso –pienso, mientras a mi mente viene la imagen de Nancy y Syd queriendo vivir rápido y morir pronto-.Y por eso me pregunto hacia dónde van mis propias expectativas del futuro, y me respondo que al menos tengo la certeza de que cubrir mis carencias con hedonismos burdos no me satisfarían, al menos no hoy”.

Entonces se me pasa el tiempo, y voy la mayor parte del camino sin darme cuenta en ningún momento de que mi bolsa está abierta, llamando a gritos a un faltodeempleo para que le meta mano, que mis llaves están en el lugar externo de esa misma bolsa, en donde no hay cierre alguno que las proteja, que ya se me acabó el dinero que traía en la bolsa, que el alto del semáforo apunta hacia una dirección por la que no voy yo, que el boleto del metro lo traía en el otro pantalón, que tengo que bajar las escaleras porque la dirección es la contraria, que ya me fui tres estaciones hacia el otro lado, que ya tengo hambre y no me traje mi manzana, que tengo que leer hoy tres textos diferentes cuyos temas no me importan mucho que digamos, que esta semana sí mando ese correo importante, que ya pasó un año desde que dije que mandaría ese correo importante, pero que ya pasó mucho tiempo para que lo mande, que me sigo machacando la cabeza porque perdí un objeto que no era mío, que se le acabó la pila a mi celular, que ahora sí mañana voy a la lavandería…

Y mientras eso ocurre, ya se me fue el camión.

lunes, 18 de octubre de 2010

Videojuego

Tomo el control y comienzo a oprimir desaforadamente los botones. Las imágenes en el televisor se convierten en una extensión de mi habilidad y pericia. La historia bizarra que algún geek diseñó, se convierte repentinamente en una aventura propia. Así comienza el videojuego.

El tránsito que implica insertarse en una realidad paralela siempre me ha parecido sorprendente. Me inquieta el mecanismo mental por el que transita mi cerebro en el momento justo en que un videojuego da inicio. La mayoría tienen una introducción gráfica a la historia, y es a través de ella que los hechos más increíbles se materializan en la mente de quienes tomamos esa dinámica como propia, por la posibilidad de "jugar" a ser, y hacer, algo extraordinario, inimaginable, increíble e imposible.

Basta dejarse llevar un poco por un videojuego para convertirse en un ser inexistente, y comenzar a formar parte de acontecimientos virtuales, donde poco a poco las cosas más incoherentes van cobrando sentido y se convierten en un objetivo perseguido compulsivamente. Es entonces que los niveles de dificultad aumentan, mientras el reto de acabar con un enemigo empecinado en matar, se puede convertir en una válvula de escape de las frustaciones cotidianas.

De repente, sin darme cuenta, mi mente está ocupada en conseguir armas cada vez más poderosas, en utilizarlas en el momento justo, en tener el buen tino de de dar el tiro certero que destruya a mi enemigo o en correr lo más rápido posible para escapar de una catástrofe a mis espaldas. La dinámica puede ser incluso tan simple como apretar los botones de una guitarra insonora, para sentir que el rock adorna mi ordinaria apariencia.

Y sin pensarlo ni darme cuenta, tengo objetivos claros, que van transformándose al seguir fielmente una historia prediseñada. Los límites de la libertad están bien delineados por la electricidad que corre al interior de una consola, y pienso que la vida no suele ser tan distinta, si es que se cree en el destino.

Por eso los videojuegos, como certeza del futuro, pueden librarme un poco de la incertidumbre de la contingencia, porque creo firmemente que destino no hay.


miércoles, 6 de octubre de 2010

Insomnio común

Incluso había comenzado a inventar palabras. Estaba imaginando a un señor que, sentado en una banqueta, saboreaba una dona de chocolate, y esa idea la llevó automáticamente a pensar en la polución del medio ambiente. Eso no tenía relación alguna con el chocolate, o con un señor, quizá indigente, que comía en la calle. Pero aún así continuaba hilando pensamientos aparentemente inconexos que relacionaron la polución con la población, y con el Fondo para la Paz de las Naciones Unidas (¿hay un fondo para la paz de las Naciones Unidas?). La nueva palabra había salido de una cadena de incoherencias, que solían surgir en el estrecho límite entre el sueño y la vigilia. Es ese momento en que el subconsciente comienza a hacer su grandioso acto de aparición, grandioso, porque es un anhelo constante lograr que se difumine la lucidez para dar paso al sueño. El cuerpo se vuelve liviano automáticamente, la respiración profunda, y cada exhalación dura un poco más que de costumbre. Es en ese justo instante en donde los sonidos del ambiente, si es que los hay, se sumergen en los pensamientos más recónditos, confundiéndose con un soliloquio interno en el que la coherencia no tiene cabida. Y es ahí justamente cuando, con la mínima consciencia de que el estado onírico está por llegar, la mente divaga, y recuerda un día quizá tranquilo, quizá agitado, en el que los mínimos detalles que parecían ser irrelevantes, pueden ser el centro de una trama complejísima de acontecimientos físicamente imposibles. Así comenzaba el final del insomnio. Ya faltaba sólo un poco para que la mente que cavilaba sobre preocupaciones y sentimientos inconclusos, se ocupara de sus habituales incoherencias nocturnas. Pero un ruido hizo un estrépito en el ambiente, y el proceso anhelado de sueño fue interrumpido para dar pie a un nuevo estado de vigilia o lucidez muy intenso. Y fue entonces que despertó del ligerísimo estado noctámbulo, que tanto esfuerzo le había costado alcanzar, para comenzar de nuevo a maquinar sin control un montón de ideas que rondaban en aquél momento su cabeza. No había problema alguno con mantenerse despierta. No era la primera vez que no podía conciliar el sueño, pero esta ocasión pasaba algo distinto, algo un poco más incómodo que de costumbre. La palabra que estaba pensando en el momento justo en que el estrépito la despertara fue "karma". Y pensó en lo estúpido de su significado. Se supone que hay una especie de ley universal en la que todos los actos de un ser humano tienen consecuencias proporcionales. Y eso se coloca en el campo de la ética, porque lo malo trae cosas malas mientras lo bueno trae cosas buenas (no hay cosa más burda). Y es una idea completamente absurda, que borra la contingencia y el azar, y lleva a los actos humanos a una especie de "sala de espera" del tiempo, en donde aguardan hasta que obtienen su predecibe consecuencia. Pero el mundo no funciona así, seguía pensando en lo absurdo del término, los seres humanos pueden tomar decisiones en momentos coyunturales, relevantes o no (eso no importa), y eso trae de inmediato una respuesta. Incluso quedarse estático trae sus consecuencias, y éstas no tienen una relación con los valores. Simplemente suceden, y ya. Las consecuencias son, en cierta medida, impredecibles, y no están sujetas a una especie de vigilancia ultraterrena que todo lo sabe, porque en el campo de valores, como en todo, no hay nada absoluto. Y lo bueno o lo malo depende, depende... Y se daba cuenta de que la disertación nocturna aparecía juzgable, como todo, en un lugar sin certezas. Y la perorata de siempre había aparecido. No, no sé. Que los actos humanos deben ser responsables, simplemente por una carga moral autoimpuesta, y no por el temor a un castigo del "destino", que llegará como un adelanto del juzgado que espera a los seres humanos tras la muerte, pensarían los que aún creen en dios, o dioses, o diosa, o diosas (eso es lo de menos). Pero ella hace mucho tiempo que dejó eso atrás, y simplemente estaba sin vigilancia interna ni externa y en busca de lo que podría regir de forma ética su existencia. Y la idea del castigo, desde la abolición mental del infierno, había perdido todo el sentido, como un montón de cosas. Pero sabía también que no hay nada inmutable, y por eso, supo de inmediato que quizá, algún día podía volver a creer en el castigo. Pero sabía también, que eso era prácticamente imposible, porque no le daba la gana, y ya. No había respuesta más avasallante que esa, que el "no me da la gana" que destruye cualquier razón poderosa. Y la pensaba, constantemente, desde que en algún manifiesto político, escuchó que la primera razón para justificar la postura asumida ellas decían: "porque nos da la gana". ¿Cómo podría alguien rebatir esa razón, en un mundo abierto a casi todas las posibilidades, y si castigos ni "karmas"?