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viernes, 19 de agosto de 2011

El mago del lenguaje

Me pregunto ¿qué habrá sido del pasado de un hombre como él, que manejaba a la perfección los adjetivos y subjuntivos mientras hablaba con una velocidad increíble? Me abordó por detrás, y me preguntó si conocía a algún estudiante de la ENAH que estuviera interesado en estudiar nahuatl. Ni tiempo me dio decirle que no, cuando ya estaba a mi lado hablando y parlando y diciéndomeunmontóndecosas.

-El conocimientomanejodominio de otro lenguaje distinto al español, ya sea inglésfrancésalemán siempre te ayudará a incrementaraumentarconsolidar todas tus ideas -me decía-. El problema es que las personas suelen olvidar el mestizaje y sus raíces, y consideran que el mundo occidental es lo que los llevará a un mejor nivel de vida. Todos somos ignorantes, pero hay algunos menos ignorantes que otros. Yo te puedo enseñar la lengua de nuestros ancestros, y no lo hago solamente para obtener una ganancia económica, sino porque amoreconozcoadmiro mis raíces y es importante difundir nuestra verdadera identidad. Si no conoces a nadie interesado yo puedo enseñarte a ti donde quieras y a la hora que quieras, porque aunque puedes estudiar la lengua en otro lugar yo puedo acomodarme a tu horario y si quieres puedo ir a tu biblioteca o a cualquier lugar.

Y yo escuchaba.

-Nos conquistaron y seguimos siendo admiradores de cosas que no son nuestras. El nahuatl es una lengua hermosa que puede morir porque no se valoraapreciaconserva y los que la conocemos debemos rescatarlahablarlaenseñarla y evitar que muera. Tenemos que saberentendercomprender que si dejamos morir una lengua se muere una parte de la mexicanidad, que no todos saben apreciarreconocerentender y se juntan a ver el futbol y gritan ¡Viva México! cuando no saben ni siquiera que nuestros ancestros ya jugaban otro juego de pelota que era sagrado. Por eso quienes nos mandangobiernanordenan se aprovechan de que no hay conocimiento de nuestro pasado y nuestra historia y si no lo saben están fatalmentecondenadosdestinados a sufrir de la pobreza de olvidar el mestizaje.

Y yo miraba sus barbas canas y su sombrero al estilo Iindiana Jones. Los múltiples colguijes en sus manos hacían un poco de ruido mientras manoteaba al hablar. El ritmo al que hablaba era muy rápido, pero el volumen de su voz era bastante mesurado. Calculé que tendría unos 60 años, y que quizá en su juventud fue estudiante de la ENAH, o qué se yo...

- Lo que podemos hacer es que en tus horas libres yo te vaya a buscar a tu facultad o a la biblioteca para que tomes clases una o dos semanas, y luego ya comienzas a pagarme y me recomiendas con tus amigoscompañerosvecinos. Cuando quieras yo estoy aquí en el metro, donde están los teléfonos porque debo hacer una llamada y ahí no es tan caro. De todas formas te puedo esperar y otro día te leo tu carta azteca. Eso te cuesta cincuenta pesos pero no te preocupes si no tienes esa cantidad me puedes dar lo que consideres que vale tu carta azteca. O también puedes decirles a tus amigoscompañerosvecinos que les pueo leer su carta a ellos. De todas formas me voy a quedar a hablar por teléfono aquí ¿Cómo te llamas?

-Karla

-Mucho gusto Karla. Espero piensesconsiderescomentes lo que te digo.

-Disculpe, es que no conozco a nadie interesado y yo no tengo tiempo ahorita porque sobrevivotrabajoestudio, pero si recuerdomeentero de alguien que sí, yo le digocomunicoinformo de esta oportunidad.

-Gracias Karla yo me quedo aquí en estos teléfonos porque son baratos.

-De nada. Adiós!

Me pregunté entonces si este señor manejaría tan bien el nahuatl como el español, y si esa lengua tendría sinónimos suficientes para llenar la boca de este gran personaje, mago de la lengua del colonizador.

[Además me dio curiosidad enterarmesaberconocer, si en nahuatl los desvaríos se escuchan tan bonitos].

martes, 5 de abril de 2011

Pedaleo y pedaleo.

Voy disfrutando del asfalto en mi vehículo de dos ruedas, cuidándome de los automovilistas que ven mi bicicleta con desdén. Ellos van por las calles, ávidos de ganarle unos cuantos minutos al imparable reloj, mientras yo voy pensando en otras cosas, sintiendo cómo mi sudor se seca con el viento y mirando cómo pasa un automovilista tras otro con su postura zombie -determinada cinematográficamente en mi mente-. Y me olvido del tiempo.

Va la sangre corriendo hacia mis piernas y de regreso, bombeada por mi corazón agitado. La respiración intensa sintiendo en su máximo esplendor el negro humo que cubre la ciudad, mientras mis pulmones piden más y más oxígeno. No es mi culpa que no pueda dárselo en su estado de pureza, sino aderezado con smog, partículas de polvo y microorganismos que se van a perder en mis entrañas. Aún así, respiro más y más fuerte.

Mientras veo que el semáforo está a punto de ponerse en rojo, yo sé que puedo ganarle, y en lugar de frenar, acelero lo más que puedo para pasar cuando aún está en amarillo. La mayoría de las veces lo logro, y cuando no, sé que los autos se detendrán, porque no les dejo otra opción (es eso, o atropellar a una pobre ciclista, actitud políticamente incorrecta).

Mi intrepidez se justifica como una contribución. Veamos:

Aunque suelo cuidarme de los automovilistas -quizá la plaga más dañina que ha habido sobre la faz de la tierra-, estoy bien consciente de que suelen verme como un obstáculo más en su camino. Su objetivo es bien claro: llegar, y los ciclistas no somos más que objetos móviles que aparecen de repente. Pero ellos no tienen la culpa, son agresivos porque saben, por experiencia, que deben “aventar” el auto, o jamás estarán en su destino. La ciudad los ha condicionado, y su mente suele funcionar como la de los perros de Pavlov: ven la luz verde y una serie de impulsos eléctricos se activan casi de inmediato, para mover los nervios justos que moverán el pie que está tocando el acelerador. De la misma forma pasa con la luz roja, que los lleva, como autómatas, a detenerse.

Los ciclistas nos hemos metido en su horizonte como una molestia, que no estaba dentro de los referentes para los que están preparados y por lo tanto, amenaza con hacerlos perder el monopolio de las calles. Ellos no tienen la menor intención de perder ni un ápice, y están defendiendo su espacio de los intrusos incómodos que vamos por ahí tratando de ganarnos un lugar a la orilla del último carril. Por eso nuestra actividad es riesgosa.

Pero si las y los ciclistas pensamos esta cuestión con atención, estamos actuando en un performance de la resistencia. Tenemos recovecos muy limitados (y la mayoría de las veces urbanísticamente mal planeados) para andar, pero seguimos incomodando a los automovilistas y, en ocasiones, pagando el precio de nuestra heróica acción con un moretón por ahí, con un frenón por allá, con caídas recurrentes o, en el peor de los casos incluso con sangre, el derecho (contribución, diría yo) de andar por la ciudad sin echar humo.

Con seguridad, pero con intrepidez, entonces, voy por la ciudad queriendo ganarme un espacio por donde pueda pasar mi bici, sin morir en el intento.

(Además, vivir la ciudad desde una bicicleta resulta mucho más enriquecedor que dentro de una cápsula infranqueable cuya velocidad no permite observar el entorno).



lunes, 7 de febrero de 2011

De variedá

  1. 25 de enero: Iba caminando rumbo al metro Bellas Artes, y decidí entrar al Sanborns en busca de una gelatina, porque últimamente me he vuelto una consumidora compulsiva de ese alimento antivegetariano que me hace romper con una de mis convicciones más rígidas. Me compré una gelatina de yogurth de fresa, que dentro de mi estrecha dieta anticárnica y fanática de los sabores dulces, significa un sacrilegio. Entonces salí muy contenta con mi gelatina en la mano izquierda y una cucharita de plástico en la derecha, y estaba a punto de abrirla para darle la primera probada que me llevaría a la gloria cuando, repentinamente y sin saber de dónde, se me acercó con una actitud imponente y amenazadora un indigente, de esos que suelen rondar por el centro, y estando muy cerca de mi cara me pidió un peso. Sin siquiera hablarle, hice algún gesto negativo que, probablemente, se tradujo en una mueca de desagrado (digna de ser denunciada con el CONAPRED). Aunque mi reacción automática fue la de acelerar el paso ante esa figura grotesca, por amenazante, en un segundo y sin que yo pudiera hacer nada, el indigente descargó su ira contenida en mí, y me golpeó con fuerza, dirigiendo su golpe a mis manos, con las que yo atesoraba mi gelatinita sin probar. Lo único que quedó fue una gelatina deshecha en el piso, y yo todavía con la cucharita de plástico en la mano me fui de ahí rápidamente, ante la mirada sorprendida de quienes presenciaron ese espectáculo, pensando en cómo mi actitud, aunada a la locura de un ser caído en desgracia, fue la que me hizo recibir ese golpe. Pensé en lo irónico del asunto: verme a mí misma salir de un Sanborns (el templo de la riqueza incuantificable y siempre en aumento de uno de los señores más ricos del mundo), con un postre en la mano, y sin hambre, recibiendo un golpe de manos de uno de los seres que ejemplifican con sufrimiento las injusticias surgidas de este sistema económico. Entonces pensé en lo poético del asunto, y me sentí una testiga que logró tocar de frente y sufrir vivamente las consecuencias del capitalismo. Con ironía pienso que eso me hace una víctima más, que no pudo difrutar su azúcar a gusto por culpa de las injusticias sociales.

  2. 1 de febrero: Acabo de escuchar la noticia de que atraparon a un tal Gómez Vázquez, “el gato”, supuestamente uno de esos “cacas grandes” del narco, y no pude evitar pensar indmediatamente en Vázquez Gómez, que era el candidato a la vicepresidencia, junto con Francisco I. Madero en las elecciones de 1910, en las que ambos serían derrotados por Don Porfirio. Inmediatamente me percato de que más allá de la coincidencia en los nombres, una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra. Y es entonces que pienso en cómo la historia se ha convertido en mi referente primordial, no sólo para explicarme cosas del presente, sino como un cúmulo de alusiones que, como en este caso, están totalmente desfasadas. Pero eso sólo me deja ver que mi cerebro ya está determinado, cual perro pavloviano, a pensar sólo a través del pasado.

    Por ejemplo, ayer, pensando acerca de la enorme cantidad de muertos que van en este sexenio, y de la noticia de que el 25% de las ciudades más violentas del mundo son mexicanas, sólo pensaba en cuántos habrían sido los muertos de la revolución mexicana (dato que desconozco) y que las estimaciones más exageradas dicen que en la llamada “época del terror”, posterior a la muerte de Luis XVI durante la revolución francesa, hablan de unos 40 000 muertos. En México, en lo que va del sexenio ya se contabilizan tantas personas, que podrían llenar el Palacio de los Deportes, además de que el número de desaparecidos es igualmente escandaloso.

    Y esos datos se vuelven tan cotidianos, que la costumbre termina derrotando a la indignación.

  3. Fecha indistinta: El Centro Histórico es una fiesta sin cover. Frecuentando el centro histórico con regularidad, es posible captar el increíble museo viviente (o zoológico humano, da igual) que éste lugar significa. Gracias a que recorro sus calles con la diligencia necesaria para aprehender un poco de su peculiaridad, ya puedo identificar a muchos de los naturalesdestastierras. Por ejemplo, los bailadores que parecen sacados de la película fichera más hilarante, que cada fin de semana se adueñan de la Alameda con la cumbia más popular de fondo. La moda que ostentan hace juego perfecto con los pasitos de un baile ya desaforado, ya peculiarmente rítmico, que manifiesta la existencia de un mundo subterráneo que deja ver que cualquier cánon de comportamiento “socialmente aceptado”, es en realidad un espejismo aburrido e incoloro. Yo suelo pasar los domingos y disfrutar locamente del espectáculo hilarante que me resulta exótico simplemente por lo poco común que es a mi visión cuadrada y típica.




4. Hoy: Me puse a escuchar noticias, y me encontré con la novedad de que cesaron del aire el programa de Carmen Aristegui, lo cual me parece una evidente muestra del temor y ámpula que estaba levantando entre la clase política. Creo que sí estaba volviéndose bastante incómoda. Cómo sea, el debate en torno al papel de los medios de comunicación en este contexto de nuevas formas de transmisión de mensajes, es muy interesante, e incluso creo que lo que estamos presenciando es una especie de “revolución” en la teoría y la praxis política, a partir de la existencia de canales de información más incluyentes.
Y todo por hablar sobre el alcoholismo de Felipe Calderón, que lo acerca todavía más a la figura ilegítima de Victoriano Huerta.

5. Hoy rompí mi espejo.

Huevos!!