martes, 10 de agosto de 2010

El hiatus

Se cumplió ya un año desde que salí de la universidad, y ahora recuerdo que alguna vez un compañero que ya había acabado la carrera me decía que a él le había pasado que, tras finalizar su vida escolar,  le vino un periodo de “nada”, de preguntarse ¿y ahora qué? como si no encontrara su lugar. Y lo comprendo bien, porque es como ser arrojado al mundo repentinamente, casi como aborto de la educación, hacia un mundo que puede ser muy hostil.

Hace algunos días platicaba con mis amigas acerca de esto. Algunas trabajan, otras siguen estudiando, y yo no hago formalmente ninguna de las dos cosas. Les decía que me sentía como arrojada a un precipicio después de haber acabado la carrera. Si bien me encuentro en una situación privilegiada porque tengo ingresos suficientes para sobrevivir, que además me llegan por hacerle a la historiada, el hecho de tener tiempo libre pa’ventar pa’rriba me hace sentir un poco “desubicada” (no en el sentido que le daría mi abuelita, de hacer estupideces tipo adolescente de secu), porque tanta libertad a veces me agobia un poco.

Sin embargo, este año ha sido muy enriquecedor. He conocido personas muy interesantes, y esa misma libertad que a veces se me pone en frente gritándome el desamparo, me hincha de felicidad el pecho. Lo malo que ya está a punto de terminar esta etapa. Y aunque me cagan esas frases prediseñadas que hablan de “cerrar ciclos”, no puedo evitar pensar que en el futuro voy a recordar el año que acaba de pasar con mucha nostalgia.

Casi cumplo 25 años, y aunque las fechas no son más que una invención arbitraria para medir el paso del tiempo, este año en realidad me ha dejado muchas cosas buenas y otras no tanto. Incluso el hecho de que 25 sea un número significativo, por ser justo un cuarto de siglo, me lleva a imaginar que el 22 de agosto ya no voy a ser la misma que el 20, y que mi año de hiatus acabó para comenzar de nuevo quién sabe qué cosa…

miércoles, 4 de agosto de 2010

Tatuajes e inmoralidad

Tomando como impulso la declaración que hizo la directora del Instituto de la Mujer Guanajuatense acerca de los tatuajes y las perforaciones, me decidí por fin a hacerme mi segundo tatuaje. Si bien ya tenía bastante tiempo pensando en “rayarme” de nuevo, la sorpresa que me causaron los prejuicios de una figura pública cuyo cargo, supuestamente, debería estar enfocado a fomentar la equidad de género, me encabronó, y me llevó a decidir de una vez no dejar pasar más tiempo para volver a usar mi cuerpo como lienzo.

Más allá del encabronamiento (que por supuesto me invadió apenas oí la declaración), reflexioné acerca del discurso de la funcionaria, y pensé que va de acuerdo con la supuesta democracia en que –dicen- vivimos, donde lo correcto es aceptar que existen diversas posturas y todas ellas deben tener cabida, porque lo que rifa es la tolerancia y noséquémás. Dentro de esta idea, tendríamos que respetar, aceptar y comprender que una figura pública exprese una opinión –la que sea- acerca de un fenómeno cualquiera, en este caso las modificaciones corporales. Pero el verdadero problema es que la opinión de esa señora fue discriminatoria per se, porque condena una práctica que está dentro de la libertad individual de las personas de hacer con su vida privada y con su cuerpo lo que les venga en gana. Además , por venir de una mujer con un cargo público, su voz suena más que la de cualquier mortal hijodevecino, por lo que tiene un fuerte impacto en la “opinión pública”.

Al parecer las voces de indignación fueron mayores que las de aceptación, porque finalmente suscribir una idea retrógrada a todas luces, es condenado en este mundo donde lo políticamente correcto es respetar. Por eso a la pobre nadie la defendió (ñaca-ñaca).

Aún así, no deja de inquietarme que algunas personas (tomando la declaración de esa señora como la manifestación de una idea que ronda el ambiente), especialmente de las zonas más “mochas” del país, continúen hablando de los fenómenos marginales o atípicos (y eso que los tatuajes en este siglo XXI ya son muy comunes) como una muestra más de la decadencia moral que llevará al mundo a la ruina. Esas ideas catastrofistas y paranoides, se basan en la noción de que las “buenas” costumbres permiten que haya un orden propicio para el desarrollo “sano” de las nuevas generaciones. De ahí que haya un componente religioso muy importante en estas ideas: se supone que Dios ordenó las cosas de una forma, y no somos nadie para andar modificando así como así nuestras conductas, y deberíamos más bien imitar a nuestros padres en su modelo de familia ideal. Se supone que así las cosas podrán marchar bien… dicen.

Pero lo más preocupante, pienso, es que esta mujer dirige una institución cuya finalidad es tratar de aminorar las desiguales condiciones entre los géneros. Con una postura llena de prejuicios hacia quienes portamos tatuajes -especialmente si somos mujeres-, las ideas que se pretenden combatir a partir del concepto de “género” se diluyen, se vuelven difusas. Y es entonces que comprendo de lo que hablaban las compañeras feministas “autónomas” en el Congreso Feminista del año pasado. Decían que en el momento en que el feminismo se vuelve “género” y se ejerce desde instituciones públicas y con dinero del erario, la libertad de luchar contra  las desigualdades se complica. Y algo tienen de razón, porque dentro de la política institucional hay que ceder, y ceder implica que posturas contrarias a los ideales feministas, pero cercanas a los poderosos, aparezcan como de avanzada, entrando al jueguito de la democracia en donde todo se vale.

Es innegable que esta señora piensa que le hace un favor a las mujeres y a la juventú, escandalizándose públicamente por que las personas se perforan sus genitales (!!!), o se pintas calaveras y zombies en los brazos. Seguramente al ver a una chica llena de tatuajes, ella se imagina que tiene altas posibilidades de tener sida, que consume drogas, que tiene sexo con muchos hombres, que es bisexual o lesbiana, que no le importa la maternidad, que es egoísta y que además se ve fea. Y ella es libre de pensar como le dé la gana, de seguir las recomendaciones del confesor o de ver telenovelas. Tiene también derecho de leer a Simone de Beauvoir, a Judith Butler, a Francesca Gargallo o a Martha Lamas, porque en este mundo de incertidumbres, de variedad de posturas y de diversidad, cada quien es libre de pensar lo que le dé la gana.

Por eso yo me tatúe un pajaro morado con rojo en el pie. Y mi tatuaje no significa nada, no tiene un contenido mísitico, ni le confiero un poder, porque los significados se agotan en este mundo en que todo cambia. Simplemente me gusta cómo se ve y me recuerda que puedo hacer con mi piel y mi cuerpo lo que yo quiera.

jueves, 15 de julio de 2010

De Bicentenario hasta el copete

Hace algunos días fui a ver la exposición Cine y Revolución, que se presenta en el Museo de San Ildefonso dentro del marco de los “festejos” del Centenario y Bicentenario. Se trata de un recorrido muy entretenido (con hartas pantallas y toda la cosa) por la producción cinematográfica del siglo XX en torno a la revolución mexicana. Está muy intetresante, porque lleva a los espectadores a observar el cine como una forma privilegiada de inventar un hecho histórico en la conciencia colectiva.

Es que los medios audiovisuales, desde su creación, fueron materia importantísima para difundir mensajes, y la política, que estaba vedada para grandes sectores de la población antes de que la “democracia” se considerara la solución a todos los males, fue muy pronto llevada al campo de las pantallas, haciendo llegar a muchas personas una ventanilla pequeñita de los avatares del mundo del poder. El cine también funcionó en este sentido, y todas las hartas películas que se hicieron acerca del tema de la revolución eran una forma de hacer política, porque daban un mensaje al “pueblo” acerca de un hecho histórico que se consideraba punto de partida del régimen. En el discurso gubernamental del siglo pasado, este tipo de películas justificaban la legitimidad de los herederos del poder porque… si sus antecesores peliaron allí, en ese hecho tan importante, resultaba obvio quienes eran los más indicados pa gobernar no?

Los medios audiovisuales, principalmente la televisión, son ahora fundamentales en la política, tanto que la lucha por el poder se desenvuelve más en ellos que en cualquier otro espacio. Y este año, además de servir a las pasadas campañas electorales, son la forma privilegiada de difundir todo lo que tiene que ver con las cacareadísimas conmemoraciones, que también forman parte del discurso político.

Aunque la cronología histórica marca en un mismo año dos efemérides que, se supone, dieron “orígen y rumbo” a esta nación, la enorme campaña que está realizándose desde un gran número de instituciones (tanto públicas como privadas) ha privilegiado la “celebración” de la Independencia. Según mi percepción, la palabra Bicentenario suele ser la más mencionada en lo que a conmemoraciones se refiere, con lo que el recuerdo de La Revolución (ajúa) ha quedado en cierta medida opacado ante el movimiento que, nos dicen, comenzó un 16 de Septiembre en algún rinconcillo del país, encabezado por un curita calvo que alebrestó a los indios con la Virgencita en la mano.

Quizá es mi paranoia la que me hace pensar esto, porque yo siempre quiero encontrarle tres pies al gato, pero según recuerdo en la mayoría de los comerciales de televisión, de radio, carteles y demás, casi siempre se menciona la palabra Bicentenario, como si ésta englobara a las dos fechas. Y sería un detallito sin importancia, de no ser porque la “celebración” como nos llega a la mayoría de los mortales (quesque ciudadanos) está basada en los principios mercadotécnicos más simples, en los que la difusión del “mensaje” (la mayoría de las veces el mensaje es simplemente ¡compra!, y ese ya lo tenemos tan introyectado que nomás nos tienen que poner en frente algún nombrecillo de una marca) se hace con repeticiones constantes que nos clavan como taladro una idea en el subconciente. Esa repetición hasta el copete es tan eficaz, que los medios encargados de hacerla se hacen ricos vendiendo el “tiempo” que alguna marca está “al aire”, ya sea en tv, en radio o hasta en anuncios que inundan las calles. Entonces, mencionar más la palabra Bicentenario implica que ésta quede más en la mente de la gente que la palabra Centenario.

Y según yo, se ha privilegiado la palabra Bicentenario para designar a esta celebración porque el discurso revolucionario ya no tiene vigencia suficiente para legitimar a los que están en el poder, y más bien por el contrario, nos recuerda que las condiciones del país no están pa andar celebrando desaforadamente lo bien que estamos, o para agradecerle a nuestros próceres más rebeldes que su lucha dio frutos.

Pero bueno, yo con mis paranoias lo que quería era contar mi anécdota del museo, que comenzó cuando entré a una sala en la que se recrea un estudio cinematográfico como en los que se filmaron algunas escenas del cine de la revolución. Ahí había un camarógrafo de verdad, y lo primero que pensé fue que estaba chida la idea de que además de la escenografía, al curador se le hubiera ocurrido poner ahí a una persona a fingir que grababa una inexistente película, y que era un concepto medio exótico para un museo, porque tiene la misma intención que poner una botarga en un parque de diversiones o una momia en una casa de espantos. Pronto me di cuenta de que más bien estaban grabando de verdad, y por mi curiosidad innata tuve que acercarme a ver qué hacían. Error!!!

Estaban entrevistando a los visitantes, y como yo me paré ahí junto a ellos muy pronto me pidieron que les diera una entrevista. Ni tiempo me dio de pensarlo cuando ya estaba frente a la cámara agarrando un micrófono con el logo del Gobierno Federal por una lado, y el dibujito del Bicentenario por el otro. Me preguntaron qué me había parecido la exposición, y contesté una serie de barrabasadas, como que era importante conocer los mensajes del cine, para comprender mejor una forma de difundir la idea del pasado y noséquémás… Creí que había acabado todo, porque incluso me agradecieron, y yo ya me iba, cuando se acordaron de lo último…

Entonces me pidieron que dijera “Me siento orgullosa de ser mexicana porque….” y yo podía decir lo que se me ocurriera. Fue en ese momento que comprendí lo que estaba haciendo, y en cinco segundos me vi en una pantalla del zócalo diciendo que Méxicoespocamadre al mismo tiempo que grandes estrellas de televisa hablaban de que el Bicentenario es nuestro cumpleaños. Aunque sé que las probabilidades de que algo así ocurriera son casi nulas, eso de andar reforzando patrioterismos como el objetivo fundamental de una conmemoración histórica, a los que menos beneficia es a los mexicanos… Por eso le dije al entrevistador que no podía decir eso, y me contestó que dijera cualquier cosa: “puedes decir lo que sea, como que estás orgullosa de las enchiladas”.

Obviamente no iba a decir eso, y le contesté que no iba a decir “estoy orgullosa de…” sino “me siento feliz de ser mexicana por…” cosa que, ahora que lo pienso, pa'l caso da lo mismo… Y otra vez me aventé un choro de Méxicotienemuchaculturaehistoria que, me cae que convence a cualquiera de que México rifa.

Ya saliendo pensé en cosas que pude haber dicho, como “estoy orgullosa de ser mexicana porque a pesar de tener puros gobiernos corruptos este país todavía existe”, o “me siento feliz de ser mexicana porque hay personas que no se rinden y siguen luchando”. Pero cualquiera de esas sería un optimismo que nomás no siento.

Pude ver muy claro en un ratito cómo los medios audiovisuales fueron en el pasado, y son en el presente, el arma más efectiva para difundir un discurso público vacío de contenido, pero que convence por la forma. Así va el Bicentenario, cuya finalidad más importante, parece ser la de fomentar un sentimiento: el patrotismo, que para el gobierno federal, es lo mismo que enchiladas.

Así pues, la cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivanta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así los agrava.

Giovanni Sartori

Homo videns. La sociedad teledirigida.

domingo, 11 de julio de 2010

Ya quiero!

Aunque suelo ser poco expresiva ante cosas que me "emocionan", esta vez la felicidad me invade y se me nota por mi sonrisota. Sí, es un hecho banal y es simple, pero me hace sentir como que se me hincha el pecho y se dibuja una sonrisa en mi rostro. Voy a escuchar en vivo a Belle & Sebastian, cuya música me ha acompañado ya muchos años por diversos lugares y en diferentes momentos, y por esa razón tan simple, me hace feliz. Después de todo los recuerdos están ahí enclavados, pero el hecho de que un ritmo los haga salir a flote es como volver a vivirlos.

Es que el valor de la música está más allá de lo que dicen los críticos, las revistas, y el costo de un boleto y más bien responde al efecto producido por las notas y la concertada mezcla de sonidos y silencios. Por eso la música es una forma de lenguaje más, es universal y puede producir sentimientos tan fuertes como cualquier hecho vivido. Y esa noche, mientras admire con atención la forma de ejecutar los instrumentos, espero escuchar Beyond the sunrise y gracias a eso volver a mis 18 años, sentada frente al mar con la brisa golpeando mi piel, más sensible que nunca. Cuando oiga Electronic renaissance voy a caminar hacia la Universidad, con mis tenis nike azules que casi se quedaban sin suelas. El momento cumbre, quizá con Waiting for the moon to rise podría sacar una lágrima de esas que tengo atrapadas desde hace mucho...

Esperaba poder sentir todo eso, y lo veía como una lejana posibilidad. Me pone feliz esperar a que llegue ese día, porque le da un sentido más al futuro. Será sólo un momento efímero, pero así son las experiencias. Empiezan y acaban... pero quedan en la memoria.


jueves, 8 de julio de 2010

Un vecino sanjudero

Tengo un nuevo vecino. En la casa que ahora él habita, vivía una familia “normal” con un niño y una niña que a diferencia de los demás niños del barrio, se la pasaban todo el día en la calle, montando bicicleta o corriendo y gritando desaforadamente. La mamá estaba embarazada, y seguramente dejar a sus hijos en la calle todo el día era la mejor forma de olvidarse un poco de la maternidad irremediable que estaba todo el tiempo frente a sus ojos, y también dentro de su cuerpo.

Me parece triste que esos dos niños que jugaban en la calle eran la excepción y por eso los recuerde tanto aunque no vivieron mucho tiempo aquí, porque a pesar de que tengo más vecinitos infantes, en las calles suelen verse cada vez menos niños jugando, mientras que hay más adolescentes y jóvenes que se adueñan de las calles en motonetas o en autos que han sido equipados con un gran sonido en el que suena regaetton a altísimo volumen. Y digo que es triste porque recuerdo mi niñez en estos mismos lares, saliendo todas las tardes a encontrarme con muchos niños más, que igual que yo, no imaginaban razón alguna para no andar afuera. Sabíamos que había “robachicos” que podían a veces aparecerse en nuestras pesadillas. Pero ese era un temor más bien educativo que nos enseñaba que no debíamos hablar con extraños, igual que el miedo que las abuelas y las madres tradicionales solían inculcar a los niños para que hicieran sus deberes. Ahí estaba el señor del costal, o el ropavejero, que vendría por quienes no se comieran su plato entero, o no tendieran su cama.

A diferencia de esos temores accesorios en la educación de la niñez, ahora los padres suelen heredar un temor real por la violencia que, se dice todo el tiempo, está presente en las calles. Y por eso muchos niños ya no salen a jugar, y viven diarias tardes de televisor y chatarra, tal vez con temores igual de irreales que los que teníamos hace años, pero con una dosis más alta de videojuegos y grasa corporal.

Pues esos niños vagos que gritaban todo el tiempo afuera ya no viven aquí, y la casa que dejaron fue inmediatamente habitada por un nuevo vecino. Se trata de un hombre de unos 35 años, que habría pasado desapercibido por mí de no ser porque lo ví construír a un lado de la puerta de su casa un altar religioso. Cuando lo vi hacerlo, creí que se trataría de un azador de carnes o algo así,  pero el trabajo terminado me sorprendió porque dentro de la “suntuosa” construcción (con mosaicos tipo baño público y luces de árbol de navidad) estaba el santo estrella de los últimos años: San Judas Tadeo.

En la Ciudad el culto al primo de Jesucristo se ha extendido exponencialmente.  Se supone que es el santo de “las causas difíciles”, y quizá por eso un gran número de gentes que ven dura la situación actual lo han tomado como un ancla que  les da un poco de esperanza frente a la causa más difícil de estos tiempos, la que presenta una realidad en la que no hay oportunidades, ni de trabajo, ni de estudio, ni de poder, ni de “vivir mejor”. Como se trata de sectores marginados de la sociedad, se pueden vislumbar ahí muchos males provocados por la ausencia de expectativas ante el negro presente. Y así como muchos seguidores de San Judas piden por salud, o trabajo, otros tantos piden protección para sus actividades delictivas, por lo que el santo ahora “protege” a muchos creyentes del poder de la PGJ, para brindar otro tipo de justicia alterna e ilegal.

Y por eso, con mi mente llena de prejuicios hacia los sanjuderos, veo a mi nuevo vecino tan interesado en hacer un llamativo altar, creyendo fervientemente en que esa figurilla lo va a proteger, mientras yo me pregunto qué tan violento es ese sujeto, qué sustancias inhala y qué música escucha. Me pregunto si al igual que el sanjudero que me quizo quitar mi bolsa en el metro el 28 de Junio, se le hace fácil robar, o si le gusta ir a las fiestas a ver a las morras en el perreo. Me pongo a pensar si sueña con que el santo se le aparece ofreciéndole una mona sabor mango, o si cree que le brinda un halo de protección contra policías y patrullas.

Y me siento mal por mi actitud discriminatoria. Pero me siento peor pensando que son síntomas de una sociedad en la que oír de cadáveres, decapitaciones, incremento de la violencia, pobreza y desigualdad se ha vuelto tan común que ya no sorprende a nadie.

viernes, 25 de junio de 2010

Post tesisaurio.

Viernes y casi acaba un semana más. Casi acaba un mes, en el que por cierto, no he escrito casi nada. Ni aquí, ni en ningún lado. La tesis está presente en mi mente día y noche, lo que me hace recordar una anécdota de mi asesora, en la que contaba que por culpa de una investigación escribió en un documento importante que era el año 1929. A la fecha no he llegado a tal cosa, pero sí he tenido algunos sueños extraños con mujeres católicas que llevan velos negros en la misa, y yo estoy detrás de ellas queriendo analizar sus actitudes para descubrir los mensajes y códigos culturales en sus acciones.

Tras despertar de aquél sueño me di cuenta de que mi presión se estaba trasladando hacia el único espacio en el que me lograba sentir un poco liberada. Es que el tiempo transcurre y se acerca el día en que DEBO entregar ya mi tesis. Y yo pensando sólo en el pasado paso cada día sin cobrar conciencia de lo rápido que esto sucede. Soy una profesional del tiempo, me dedico a pensarlo, a tratar de entenderlo y a intentar detenerlo enfrascándolo en estáticas letras. Decidí dedicarme a la Historia (con H mayúscula), y por primera vez en mi vida me enfrento con lo que significa meterse al pasado con la mente, lo que implica estar todo el tiempo pensando en los muertos de una época lejana.

Aunque mi tema no está tan alejado en el tiempo (es la década 1920), los intentos que hago por meterme en las ideas de esas personas, que tenían códigos de comportamiento e inquietudes muy ajenas a las de mi época, me ha traído graves conflictos. Intento acercarme a las inquietudes de un grupo de mujeres que creían en dios, y que estaban dispuestas a dedicar su vida a luchar por él. Que creían que el gobierno estaba compuesto por una bola de ateos cuyas almas estaban condenadas a ir al infierno, y que además estaban convencidas de que toda transformación era el camino directo a la ruina. Por eso se oponían a las faldas cortas, a los cortes de cabello, a los bailes “escandalosos” y a la educación laica. Decían que si las cosas seguían así, la sociedad iba a desordenarse, iban a desaparecer los matrimonios, y las mujeres no querrían procrear. La ruina total, decían. 90 años ha de eso, ellas no pudieron detener las cosas, y el mundo no se ha acabado.

Y yo aquí sigo, parada en medio de un mundo en el que las certezas se han acabado, en el que el germen del cuestionamiento se ha inmiscuido tan adentro que ya ni nos tomamos en serio aquello que pueda sonar absoluto. La duda está ahí siempre, esperando escuchar una segunda opinión para saciar su apetito. Por eso me cuesta entenderlas, porque ellas sí que tenían una certeza: creían.

Por eso ayer leía con mucho interés una nota que apareció en La Jornada acerca de las inconsistencias en los censos médicos que analizan la relación entre el tabaquismo y ciertas enfermedades. En ella se desató la polémica abierta en torno a las consecuencias del cigarrillo, porque el autor expuso una postura contraria a la clásica, que dice que fumardacáncer, y como era de esperarse, alguien levantó la voz para refutarlo.

Lo que decía el autor, era que los datos que manejan las organizaciones antitabaco vienen de fuentes poco confiables, ya que sus investigaciones están financiadas por farmacéuticas que crean medicamentos para ayudar a la gente a “dejar de fumar”. Lo que quiero decir con esto es que por más que uno crea en algo, como que el tabaco es malo y provoca cáncer, siempre habrá alguien que pueda refutar, o al menos, abonar un poco a la idea contraria. Y así los no fumadores podemos fácilmente creer que fumardacáncer y sentirnos mejor porque no fumamos, mientras que los fumadores pueden aferrarse a la idea de que eso no está comprobado al 100%, y de que muchos cancerosos contrajeron la enfermedad por otra cosa, como comer margarina, hablar por celular, o estar demasiado cerca del microondas.

Es que ahora hasta las certezas “científicas”, o sea, que según son irrefutables y por eso se vuelven ley, se cuestionan. Y así los fumadores ya no le creen ni a los médicos. Y los no fumadores, pues tampoco…

Que qué tiene que ver esto con mi tesis. Pues todo, porque en la base de los pensamientos humanos, de las cosas que mueven a las personas a actuar de tal o cual forma, están una serie de ideas muy fijas, que dan impuso a la existencia. Esa es la certeza primordial, que puede estar en cualquier cosa, como en la idea de que trabajando más y más uno va a tener más dinero y gracias a eso va a alcanzar la felicidad, en que los hijos que uno tuvo necesitan a sus padres pa poder vivir, en que la democracia es el camino más corto a la justicia o qué se yo…

Mis damas católicas tenían una certeza, que según yo, si alguien ya se la creyó (o no la ha puesto en duda nunca) es la más grande certeza de todas, la que le da una base totalmente lógica (teológica) a la existencia: la creencia en dios. Así nomás, en dios. Y con base en esa idea ellas actuaron en un mundo que parecía serles muy hostil y hasta ayudaron a que se hiciera una guerra en nombre de dios. Y yo por eso no las entiendo, porque ahora cualquier cosa puede ser cuestionada. Porque a mi las certezas así nomás no se me dan, y básicamente porque no creo en dios.

Pero cada día que paso pensando en el asunto, creo que me acerco un poquitito más a lo que sentían al ver que la base de todo lo que creían empezaba a desmoronarse sin que pudieran hacer nada al respecto. Eso que ellas vivieron fue sólo una manifestación más de ese camino a la no-certeza, cuyos frutos están en el aire que respiramos hoy, ya sea que fumemos tabaco o no.

Intentaba con todas mis fuerzas sentir fe, aunque sólo fuera para cumplir con mi deber social, pero cuanto más insistía y buceaba dentro de mí, más me sentía obligada a reconocer que no creía. En cuanto yo sabía, incluso el alma había huído de mí. Se daba el caso curioso de que, por primera vez (…) me sentía obligada para con los demás, y no para mi alma o para con Dios, lo cual era una demostración de que había perdido a Dios…

                                Memorias de una joven católica

                                                         Mary Mc Carthy

martes, 25 de mayo de 2010

El metro, metáfora de la corrupción.

La desorientación siempre va conmigo. Es una compañera que me arrebata la atención hacia el espacio y las señales más simples, y me lleva por caminos poco ortodoxos, a veces sinuosos y confusos. Pero está bien, porque suele poner a prueba mi capacidad de disimulo y me quita la vergüenza de pasar por el mismo lugar una y otra vez en busca del letrero preciso que me indique a dónde debo ir. Es que sorprendentemente, los caminos que suelo recorrer regularmente parecen transformarse de una forma tan vertiginosa, que mi cerebro es incapaz de reconocer las mismas esquinas, las luces, los grafitis y los colores de las paredes.

El problema es que la ciudad nunca es exactamente igual. Se encuentra en una dinámica tan rápida, que ha absorbido mi orientación natural basada en el espacio y el tiempo -que en algún momento respondía a referentes naturales y estables, como el movimiento del sol-, y la ha convertido en una inagotable inquietud por el triunfo del contrarreloj contra las obras públicas, contra el azar y, sobre todo, en un caótico impulso por reconocer señales gráficas que me hagan moverme como lo establecieron los burócratas dictadores del planeamiento urbano.  Y todo esto se vuelve más notorio en los pasadizos subterráneos que suelo utilizar para transportarme, porque aunque éstos están diseñados para que se agilice el transporte, a mí el hecho de andar por debajo de la ciudad con la consigna de ver la luz del sol hasta que llegue a mi lugar de destino siempre se me complica un poco.

Es que el metro es una ciudad alterna construida cual inframundo en que el tiempo se detiene, y las personas obsequiamos a la eternidad un montón de horas perdidas, que desaparecerán de la memoria por inútiles, por monótonas y por lineales. En el metro siempre pueden encontrarse las indicaciones exactas sobre cómo llegar a un transborde, en qué estación bajar y hacia dónde caminar para subir de nuevo a la superficie. Sin embargo, esta estricta planeación dejó abierto alguno que otro recoveco que dejó abierta la posibilidad para que las personas desafiáramos las reglas establecidas, y en vez de seguir la flecha que dice exactamente por  donde va la “correspondencia”, exploráramos caminos alternos que nos libraran de subir una escalera, de caminar diez pasos más, o mejor aún, nos dieran la valiosísima oportunidad de entrar primero al vagón para correr desesperadamente en busca de apañar un lugar vacío.

Así, aunque hay reglas bien claras que todos los usuarios del metro hemos acatado, siempre se da el caso de que un necio machín insista en entrar al lugar asignado sólo a las féminas perfumadas por las mañanas y sudorosas por las tardes, o de que se hayan creado rutas alternas que hacen irrisoria la existencia de los letreros de “no pasar”. Pero a personas desorientadas como yo, que solemos ir por la vida “papaloteando”, esto nos complica un poco las cosas, porque en medio de la vorágine de una hora pico en una estación concurrida, los desorientados solemos caminar llevados por la masa ingente, y nos damos cuenta muy tarde de que el camino recorrido no es el correcto.

Como muchos de los letreros creados ex profeso para orientar a los neófitos son ignorados por los veteranos, los desorientados tenemos que echar a andar la mexicanísima costumbre de no seguir las reglas y encontrar caminos alternos. Lo más curioso de esto, es que se va convirtiendo poco a poco en La Forma de hacer que obras (como el metro) funcionen, aunque hayan sido planeadas con rigidez matemática. Y así pasa diario, y los letreros se van volviendo obsoletos, pero nadie los quita de su lugar.

Y así fue que por fin comprendí cómo en mi país lo que mejor funciona es la corrupción.

lunes, 10 de mayo de 2010

El Puente Maldito

En el camino a mi casa hay un puente maldito. Es uno de los múltiples recovecos citadinos en que ha florecido la inseguridad. De noche pasar por ahí me producía un temor inexplicable de paranoia y vértigo al ver sus oscuras escaleras solitarias. Es que ahí me asaltaron hace varios años a plena luz del día. Yo iba a visitar a una amiga que vive muy cerca, y me amenazó un tipo flacucho, al que fácilmente pude haber tirado de la escalera con un patadón samurai. Pero no lo hice, porque yo era adolescente y me sentía muy vulnerable. El tipo aquél me dijo muchas groserías, mientras me amenazaba con que tenía un cuchillo en la mochila y me iba a “picar”. Le di mi cartera temblando, y me dijo “no te pongas nerviosa” con voz rasposa, lo que más bien me hizo sentir coraje y también un poco de inexplicable confianza que me hizo pedirle mi credencial de la prepa.

En otra ocasión, hace poco tiempo, iba subiendo las escaleras del mismo puente para ir a la escuela, cuando un tipo que venía frente a mí bajándolas se me quedó viendo y me dio una nalgada. Fue un momento horrible, en que sentí que mi bilis se derramaba de coraje y me hervía la cabeza. Lo peor fue que al voltear a ver a ese despreciable ser humano, éste me miró con una sonrisa burlona de negra y asquerosa dentadura. Esa burla significaba que estaba orgulloso de lo que había hecho, y de que se sabía inmune ante mi, porque aunque ese execrable tipo no estaba muy dotado de estatura ni masa muscular, sabía que yo no me atrevería a querer vengarme rompiéndole la cara sino que más bien querría huir. Tristemente, el escenario inhóspito de un puente peatonal me dejaba sola ante un degenerado, que intentaría saciar su insatisfacción y desdicha con una agresión efímera que lo hiciera sentir el poder que la sociedad le niega todo el tiempo. Lo único que pude hacer fue gritarle alguna groseria que finalmente le hizo ver que me sentí ultrajada y que, por lo tanto, había logrado su cometido.

Como ese puente se convirtió en el escenario de actos como ese, hace poco pusieron policías que permanecían ahí día y noche. Pero el “operativo” duró muy poco, y ahora sigue sin vigilancia alguna. Por eso muchas personas prefieren atravesar el Periférico corriendo, lo que resulta más peligroso, pero menos inseguro, porque el control de sus vidas está en su propia agilidad y pericia, y no en la voluntad chaca de un asaltante desquiciado.

Hasta hace unas semanas, solía evitar a toda costa atravesar sola ese puente en las noches, pero por necesidad lo he tenido que hacer últimamente, lo que ha sido bueno porque el miedo se ha ido esfumando paulatinamente. Supongo que el hecho de obligarme a hacer algo que me atemorizaba me hizo ver que no estaba tan mal como lo visualizaba. Incluso hace poco iba yo sola caminando por ahí en la noche, con los audífonos puestos escuchando a Ray Charles, y no pude evitar sonreír y sentirme muy segura en la oscuridad. Y el hecho de que me sintiera segura justo ahí mientras caminaba con ritmo y estilo, me dio una sensación de autocontrol muy placentera por haberme desafiado a mi misma a través de un puente cuya peligrosidad me rebasa.

Sé que es una forma estúpida de sentirse bien, porque implica cierto “riesgo” (digo, tampoco voy a caer en actitudes suicidas en esta ciudad de locos). Pero también implica que puedo andar sola en las calles sin paranoia y con cierta libertad. La ciudad, después de todo, no es tan mala como la pintan.

jueves, 6 de mayo de 2010

Paradójica desdicha feliz

Vi noticias. Estaban hablando del derrame de petróleo y del número exorbitante de animales que podrían morir por ese desastre, y no pude evitar sentir que mi ánimo se iba al inframundo. Pocos días después hablaban de la contingencia ambiental en la Ciudad, y recordé que este escenario gris y decadente existe desde que tengo memoria. Recuerdo muy bien que cuando era niña me enteraba de la contaminación porque ese día no salía al recreo. Ahora, creo identificar síntomas claros en mi cuerpo a causa de los imecas: irritación en los ojos, sequedad en la garganta y dolor de cabeza.

Que el mundo se está calentando ya no es noticia. De tan sabido aburre. Pero aún así me sorprendo por la ola de calor infernal que invade el ambiente, y eso que a mi el calor me encanta, pero el bochorno que me hace sudar me lleva a entender por qué casi todas las personas prefieren el clima gélido. Pareciera que ahora el sol se está vengando con cada uno de sus rayos de una humanidad inclemente con su obra maestra, y tiene razón: ya la cagamos.

Lo peor de esto es que debo conjugar el verbo cagar en la primera persona del plural, porque me guste o no formo parte de la especie que arruinó las cosas. Mea culpa, mea culpa: uso gasolina, pilas, gas, energía eléctrica, produzco basura y hasta exhalo CO2 y gas metano que destruye la capa de ozono. Y por más que quiera, con el simple hecho de existir ya me chingué algo.

Ante este panorama decadente (no sólo por la situación ecológica, sino por un sinnúmero de cosas), la felicidad parece ser sinónimo de inconsciencia, porque ¿cómo diablos alguien puede estar feliz en un mundo que se deteriora a cada segundo? Por eso yo le comentaba a un amigo (hola Tadeusz!), luego de que me hizo la clásica pregunta para iniciar una conversación, ¿cómo estás?, que estaba extrañamente contenta, pero que eso mismo me hacía sentir incómoda. Es que el espíritu de estos tiempos debería ser la desdicha, y estar optimista es como manejar un auto en sentido contrario con los ojos cerrados.

Pero la sonrisa a veces se me escapa de los labios, y la idea de que no puedo evitar el futuro, pero sí tratar de moldearlo de una forma en que sea posible que mi inconsciencia aparezca repentinamente, me reconforta un poco frente a este clima acalorado y seco. El problema es que enseguida me crea conflicto sentir esta cosquilla de esperanza…

miércoles, 21 de abril de 2010

De rojo

El color rojo atrae la mirada automáticamente. Es quizá el color más vivo del espectro, el que por naturaleza nos llama y por lo tanto, el que representa la tentación y lo prohibido. Es por eso que en la mitología judeocristiana se relacionó al fruto rojo por excelencia como símbolo de la sensualidad, la sabiduría y el pecado. Por eso, anque en la Biblia nunca se menciona a la roja manzana, no podría haber sido otro fruto al que la imaginación humana dotara de esa carga, porque sólo por ella podría borrarse de tal manera la razón e incluso las órdenes divinas, y provocarse el inicio de una era de castigos inclementes.

Y por eso es roja la etiqueta del refresco más dañino y, al mismo tiempo, más placentero para algunos. Rojo es el vestido de la mujer fatal, rojos sus labios y rojas sus uñas. Y son rojas, porque en ese color se juntan los deseos más extremos de los seres humanos. Ahí radica la síntesis más perfecta del deseo de vida y de muerte, del eros y el tanatos, porque roja es la sangre que da vida, y que también, al hacerse visible, nos recuerda que la muerte está cerca.

Roja quedó la ropa del asesino, y rojas fueron las uñas de la mujer que eligió como su presa nocturna.

Y rojo es como colorean al infierno, lugar en el que seguramente se bebe sangrita y se derrama sangre en manos del verdugo, en el que abundan cocacolas y lápices labiales cuya marca hace pruebas con animales que sangran, sangran de dolor. Ahí, también se miran rosas rojas, cuyas espinas hacen sangrar las manos.

Me pinté las uñas de rojo, llevo un día entero viendo ese color en mis manos pensando que se ven muy lindas y que parece que acabo de asesinar a alguien.

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lunes, 19 de abril de 2010

Perfume

Si la vida es una mierda, la fétida existencia no tiene que ser placentera, y la búsqueda de la felicidad es un vano intento por alcanzar un idilio inexistente. Pero el sentido de las cosas, que no es más que una invención arbitraria, se vuelve una necesidad para evitar el olor. Finalmente para eso se inventaron los perfumes.

martes, 6 de abril de 2010

Antiempleo o indigencia exquisita.

Para qué trabajar, si la vida es gratis. Además, viviendo un momento histórico en que se inventan increíbles avances tecnológicos que pretenden hacer el trabajo menos difícil, resulta absurdo trabajar sólo para conseguir esos bienes cuya labor está destinada a que se olvide, aunque sea sólo un momento, la desdicha de trabajar.  Por eso ha crecido desmesuradamente el índice de personas “desempleadas”, que más bien tendrían que ser llamadas de una vez por todas con otro nombre, porque no están carentes de empleo, como dice esa definición, sino más bien están en una etapa de descubrimiento de la verdadera importancia del tiempo libre. Por eso a partir de ahora estas personas deben ser llamadas “antiempleadas”, ya que han logrado ver más allá del corto panorama laboral, para pasar a exhibir su libertad irrefrenable por las calles de esta hermosa ciudad.

Todo comenzó cuando la caridad, Máximo Valor de Nuestros Tiempos, se convirtió en la actitud más reconocida por propios y extraños, gracias a que en las más importantes revistas de moda, y en los portales más visitados de Internet se fomentaron los valores universales de la nueva actitud humana, que ensalzaban a quienes resultaban más sacrificados y bondadosos con el prójimo, a quienes no ostentaban lujos ni riquezas, y a quienes tenían el afán filantrópico de ser recordados en la posteridad por sus buenas obras y amor exacerbado. En poco tiempo las clases sociales más favorecidas, comenzaron a anhelar ser parte de la bondad infinita que recorría el espíritu de la población en general, y dieron ejemplos únicos de su genuino interés por hacer un poco más felices a los demás.

No se vaya a creer que lo que buscaban era fama, y aparecer en las revistas y portales como los más bondadosos. No, nada está más alejado de la realidad. Lo que estos ricachones buscaban era una nueva y renovada forma de vida, en la que los bienes materiales serian vistos sólo como objetos cuyo valor se mide mediante la sonrisa de quien lo recibe por obsequio. Fue así como comenzaron mesuradamente, donando primero cada vez más monedas a los indigentes, a los limpiaparabrisas, a los payasitos de crucero y hasta aumentaron al triple las propinas de meseros, botones y demás trabajadores de servicio.

Algunos ricos ingenuos pensaron equivocadamente que la mejor manera de hacer felices a los demás con sus bienes materiales, era hacerlo de la manera tradicional: mediante obras caritativas bien organizadas y cubiertas por los medios de comunicación, que detalladamente daban santo y seña de cuánto se había donado y a dónde (no sin hacer un recuento de la vida de los donadores, mostrando su excelencia y superioridad hacia la población en general). Pero esta actitud trajo la desaprobación de los sectores más concientes de que la caridad y bondad, si va acompañada de luces y cámaras de televisión, no es más que una búsqueda insaciable de reconocimiento egoísta. Fue así como se acabaron las asociaciones caritativas, y cundieron con prontitud las acciones aisladas y autónomas de dadivocidad infinita.

Como las clases altas siempre han sido un modelo a seguir para la población que aspira a ocupar un lugar más alto en la escala social, los llamados “clasemedieros” quisieron imitar esa conducta, y comenzaron a regalar, aún con mayor soltura y a manos llenas, todas las cosas de valor que tenían. Las abuelitas se desprendieron de los anillos de boda que habian estado en la familia por generaciones; los padres regalaban aparatos electrodomésticos y demás chunches costosas e inútiles; las madres daban sus joyas, ropas y dinero al primero que veían pasar por la calle; mientras que los jóvenes se deshicieron de sus ropas de moda, discos, condones y juegos de video tan rápidamente como pudieron.

Había dejado de ser bien visto el interés por acumular cosas, ya no se sentía esa felicidad efímera al adquirir algún objeto que en poco tiempo sería obsoleto. Al parecer las personas se dieron cuenta de que las cosas materiales no tenían alma, y por eso comenzaron a desprenderse de ellas sin más.

Así, el trabajo comenzó a ser en poco tiempo una actividad inútil, y quienes continuaban teniéndolo como un acto de desarrollo personal y social, vieron que en poco tiempo la actividad primordial de sus vidas perdía sentido. Por eso los trabajadores comenzaron a salir a las calles para recibir una dádiva –que en la mayoría de los casos resultó generosa- que los hiciera pasar un día más sin preocupación alguna.

Ahora, tras algunos años de que acabó el interés por la acumulación, y de escuchar un sinfín de argumentos acerca de la fatalidad de que se perdiese el natural derecho y anhelo del ser humano de poseer, el nivel de antiempleados crece y crece, y las personas exhiben su felicidad al dar y al recibir en actos que se han vuelto cotidianos, y no sorprenden a nadie. Pero aún cunde la sospecha de que los Máximos Valores de Nuestros Tiempos no son más que un distractor que encubre planes indecifrables de motores que buscan alguna finalidad difícil de comprender. Por lo pronto se escuchan funcionar las máquinas de las fábricas abandonadas, y se rumora en algunos lugares que se busca sólo la pauperización total para lanzar un nuevo valor que sea el que le permita a la especie humana encontrar una razón para subsistir.