A manera de minihomenaje, visité el día de hoy la imponente librería Rosario Castellanos. Desde que me acerqué a los textos de ella, tan extraordinaria mujer, me fascinó. La sensibilidad y la inteligencia fueron dos componentes característicos de sus escritos, que igual surgieron en forma de poesía, novela, ensayo y hasta teatro. Aunque se ha considerado que las obras más importantes son las novelas Balún Canán y Oficio de tinieblas y los cuentos reunidos en Ciudad Real, sus otros textos son igualmente exquisitos.
Personalmente me gusta mucho su ensayo Mujer que sabe latín, en el que expresa sus ideas sobre la situación de la mujer, y hace un análisis literario de varias escritoras contemporáneas. Precisamente hoy fui a esta libreria (que, deben saber, es la más grande de latinoamérica, según cuentan por ahí…) buscando este libro, que un día “presté” y no me devolvieron. Lo que pasa es que tengo una especie de debilidad ante estas cosas, y hasta me entusiasma harto que alguien me pida prestado un libro, aunque sé que no volverá a mis manos.
Desafortunadamente no lo han reeditado, pero compré una preciosa edición de Balún Canán y Oficio de tinieblas. No podía dejar de conmemorar de alguna forma el aniversario luctuoso de una mujer que, sin saberlo, ha cambiado mi vida.
Lo malo de hoy: me olvidé de voltear hacia el techo de la librería. Eso es imperdonable.
Por último transcribo un fragmento que me encanta de Mujer que sabe latín. No conseguí el libro, pero está en google libros wiiiiii. Si quieren ver más, píquen aquí.
“… la mujer a lo largo de los siglos, ha sido elevada al altar de las deidades y ha aspirado el incienso de los devotos. Cuando no se la encierra en el gineceo, en el harén para compartir con sus semejantes el yugo de la esclavitud; cuando no se la confina en el patio de las impuras; cuando no se la marca con el sello de las prostitutas; cuando no se la doblega con el fardo de la servidumbre; cuando no se la expulsa de la congregación religiosa, del ágora política, del aula universitaria.
Esta ambivalencia de las actitudes masculinas no es más que superficial y aparente. Si la examinamos bien, hallaremos una indivisible y constante unidad de propósitos, que se manifiesta enmascarada de tan múltiples maneras.
Supongamos, por ejemplo, que se exalta a la mujer por su belleza. No olvidemos entonces, que la belleza es un ideal que compone y que impone el hombre y que, por extraña coincidencia, corresponde a una serie de requisitos que, al satisfacerse, convierten a la mujer que los encarna en una inválida, si es que no queremos exagerar declarando, de un modo mucho más aproximado a la verdad, que en una cosa.
Son feos, se declara, los pies grandes y vigorosos. Pero sirven para caminar, para mantenerse en posición erecta. En un hombre los pies grandes y vigorosos son más que admisibles: son obligatorios. Pero ¿en una mujer? Hasta nuestros más cursis trovadores locales se rinden ante el “pie chiquitito como un alfiletero.” Con ese pie (que para que no adquiera su volumen normal se vendaba en la China de los mandarines y no se sometía a ningún tipo de ejercicio en el resto del mundo civilizado) no se va a ninguna parte, que es de lo que se trataba, evidentemente.
La mujer bella se extiende en un sofá, exhibiendo uno de los atributos de su belleza, los pequeños pies, a la admiración masculina, exponiéndolos a su deseo. Están calzados por un zapato que algún fulminante dictador de la moda ha decretado como una expresión de la elegancia y que posee todas las características con las que se define a un instrumento de tortura. En su parte más ancha aprieta hasta la estrangulación; en su extremo delantero termina en una punta inverosímil a la que los dedos tienen que someterse; el talón se prolonga merced a un agudo estilete que no proporciona la base de sustentación suficiente para el cuerpo, que hace precario el equilibrio, fácil la caída, imposible la caminata…”
Yo siempre he pensado que ese es precisamente el objetivo de ese tipo de calzado. Las mujeres se vuelven simbólicamente dependientes, se ven débiles y torpes… Además, el movimiento de caderas y nalgas, necesario para mantener el equilibrio, fomenta la visión de la mujer-objeto. Cómo sea, puede tener muchos significados.
Por mi parte, prefiero los tenis, poque como aún soy joven, no me veo ridícula. Seguro algún día usaré tacones de tortura, pero por el momento me quedo con estas ideas. Si se piensan bien, tienen mucha razón no?